La verdadera paz es un proceso profundamente comunitario, espiritual y político que nos impulsa a transformar el sufrimiento en un motor para la justicia, la memoria y la sanación.
Ante la ola de violencia que continua imparable en Esmeraldas, la Iglesia Católica de esta provincia ha enviado una carta abierta a la sociedad. En ésta, Mons. Antonio Crameri, Obispo de Esmeraldas, denuncia la violencia criminal y estructural que afecta al país y de manera particular al cantón San Lorenzo. El miedo que paraliza obliga a las madres a cambiar sus rutas, a modificar sus rutinas, en un intento desesperado de supervivencia. No podemos permitir que el aguante sea el destino final de nuestros pueblos
Con el corazón desgarrado por el dolor, pero sostenido por la profecía de la fe, me dirijo a ustedes ante los cruentos y desalmados acontecimientos que golpean a nuestros barrios, comunidades y ahora llega a las puertas de nuestras instituciones educativas.
Que la sangre de nuestros jóvenes sea derramada a las puertas mismas de las escuelas, lugar que por naturaleza deben ser sagrados santuarios de vida, de crecimiento y de esperanza, es un ultraje que clama al cielo, es un signo atroz de una degradación moral y social que no podemos ni debemos tolerar en el silencio. La violencia en sus múltiples y perversos rostros como la pobreza extrema, la exclusión histórica, la extorsión que asfixia el trabajo diario, las desapariciones forzadas y masacres, pretende instalarse en nuestros territorios como si fuera la dueña absoluta de casa.
Ante este escenario, muchas voces aconsejan la resignación, sin embargo, la Iglesia del crucificado y resucitado no puede ser espectadora muda de una tragedia que deshumaniza.
El silencio ante la injusticia no es prudencia es complicidad, un clero o una comunidad que callan por comodidad termina traicionando el Evangelio de la vida.
Nuestra arma no es el fusil que destruye, sino la verdad que desarmará las conciencias. Nuestro escudo no es el odio que divide, sino la esperanza indomable frente al opresor.
Exigimos un cambio de paradigma. El Estado debe sustituir de una vez por todas a intervención en armas y la lógica del enfrentamiento por inversión decidida en el desarrollo humano integral en educación digna, salud accesible para todos y en oportunidades reales de empleo para nuestros jóvenes.
Nuestra niñez tiene el derecho a soñar sin la sombra acechante del terror. El camino para recuperar la paz es largo, pero Dios no tiene prisa.


































































