La peregrinación es una práctica religiosa que consiste en un viaje, en grupo o individual, a un lugar sagrado, por devoción, gratitud o por penitencia y reparación de los pecados. Actualmente, los lugares más visitados por los cristianos son Tierra Santa, las tumbas de los apóstoles y, sobre todo, los santuarios marianos como Lourdes, Fátima y Guadalupe. La piedad popular es una de las grandes características de nuestro pueblo creyente; por eso en nuestro país existe un gran número de santuarios, muchos nacidos por iniciativa de personas humildes y erigidos canónicamente por la autoridad eclesiástica; son lugares de encuentro de miles de peregrinos. Entre los más conocidos, tenemos los santuarios de El Cisne, El Quinche, La Nube, Andacocha, Nobol, entre otros.
“Una peregrinación es un símbolo de la vida misma que implica caminar juntos, salir de las propias comodidades y buscar a Dios con confianza. No se trata de unas vacaciones o un viaje turístico, sino de un acto profundo de fe y conversión. Caminar hacia un santuario nos recuerda que la vida humana es un camino constante en busca de sentido y felicidad. Es dejar las comodidades, desinstalarse de la rutina y de las propias seguridades para abrirse a la voluntad de Dios. Es también una experiencia para encontrarse con los demás, dejar el aislamiento y avanzar unidos como pueblo de Dios. Representa un abandono en las manos de un Padre misericordioso y un deseo de transformar el corazón” (Papa Francisco).
La peregrinación es imagen de nuestra existencia; el Señor nos guía y acompaña, nos educa con paciencia y cariño durante toda nuestra vida, hasta el día en que nos encontremos ante Él al final de nuestra existencia terrena. Todos somos peregrinos, en camino hacia la morada definitiva, hacia la libertad de los hijos de Dios.
Cada peregrinación o visita a un lugar sagrado, que puede ser también la visita a la iglesia de nuestro barrio o pueblo, es una oportunidad para meditar sobre nuestra vida, sobre los problemas familiares, los escándalos económicos, políticos y sociales, la violencia y la división en la sociedad. Si no vemos la realidad con ojos de fe, terminamos desanimados y sin esperanza. No todo es malo; con la luz de Dios percibimos que también hay muchos signos de bendición: existe aún gente noble que trabaja con responsabilidad, que no se deja sobornar ni seducir ante propuestas fáciles de ganar dinero a cambio de su dignidad, que no cae en las tentaciones del narcotráfico y la violencia. Personas que tienen como norma de vida el Evangelio y trabajan por el Reino de Dios y su justicia. Tenemos que aprender a mirar con atención para descubrir la presencia del Señor y distinguir los signos de su cercanía.
Somos peregrinos de esperanza; cada romería, procesión o peregrinación es una invitación a tomar conciencia de que Jesucristo sigue presente entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Cuando acudamos, este año, a peregrinar a los pies de María, pidamos a la Virgen que ruegue por nosotros y no deje de protegernos con su manto.


















































