La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los doce apóstoles. Jesús cumple este envío a través de su ministerio pastoral. El ministerio es continuado por los Apóstoles (Hch 2,41 ss.) y sus sucesores. Hasta el día de hoy y hasta la consumación de los siglos, la Iglesia ha tenido esta sublime tarea. Somos enviados a ser presencia de Cristo, pero no de otra manera, sino continuando su misión y su condición de evangelizador (Cfr. EN 15).
Hay que contemplar en la vida y crecimiento de las comunidades primitivas en la Iglesia el gran valor del ministerio de los Apóstoles. Visto esto, la Visita Pastoral es una gran oportunidad que tiene el Obispo, en unión con otras personas, para estimular el cumplimiento de este deber de evangelizar de manera intensiva, pero no aislada del Plan Diocesano.
La realidad ya descubierta dentro del caminar de la pastoral diocesana, hay que iluminarla con un anuncio claro sobre la Iglesia-Pueblo de Dios, que ayudará a que la mayoría de los miembros de la parroquia sean conscientes de su pertenencia a la comunidad como cristianos. Una invitación a sentirse una sola familia en la parroquia y en la diócesis, recalcando la obra del Espíritu Santo, que es quien realiza esta comunión entre nosotros. Convencerse cada vez más de que el único Evangelio de Jesucristo solo puede ser acogido en la unidad (cf. DP 638).
La Visita Pastoral del Obispo es como una visita de Cristo, Buen Pastor, enviado por el Padre, a través de su representante en la diócesis a todos sus discípulos. Es Jesús, Buen Pastor (Jn 10,10), quien conoce, ama, alimenta y defiende a las ovejas del rebaño de su Padre, dando por ellas la vida. La Visita Pastoral ofrece al Obispo una ocasión feliz para estimular a los agentes de pastoral; para darse cuenta de las dificultades de la evangelización y de los trabajos apostólicos dentro del Plan Pastoral de la Diócesis; para revisar y revalorizar el programa de pastoral parroquial y diocesano; para reavivar las energías tal vez disminuidas.
Brinda al Obispo una ayuda muy valiosa para que cumpla cada día mejor su responsabilidad de discernir los carismas y fomentar los ministerios indispensables para que la Iglesia diocesana crezca hacia la madurez como comunidad evangelizadora, de tal manera que sea luz y fermento de unidad y liberación integral, apta para el intercambio con las demás Iglesias particulares (cf. DP 647). Servirá mucho también que los clérigos y demás agentes de pastoral de la parroquia tomen conciencia de que la Visita Pastoral no debe tomarse como una «auditoría» o como una «fiscalización», sino que es un medio importantísimo para su formación como pastores.
Por eso se ha de procurar que en cada vicaría y parroquia haya participación directa y activa, tanto en la preparación remota y próxima como en la realización de la visita. Puede suceder que la Visita Pastoral sea un medio que ayude a algunos sacerdotes a superar el aislamiento, porque en un plan de conjunto su labor les permite experimentar que su tarea les incorpora a toda la diócesis.
Que su ministerio individual es parte importante dentro del ministerio comunitario diocesano. Con estos criterios, una Visita Pastoral se convierte en un valioso testimonio de sinodalidad: comunión y participación al servicio de la misión de la Iglesia.


















































