Queridos monaguillos, con mucha alegría quiero saludarlos y agradecerles por su generoso servicio en el altar. Cada vez que ayudan en la Santa Misa, no solo realizan una tarea importante, sino que están muy cerca de Jesús, aprendiendo de Él y caminando a su lado.
Ser monaguillo es un regalo y una misión. En el silencio, en la oración, en cada gesto de respeto, ustedes nos enseñan a todos a amar más la Eucaristía. No olviden que Jesús los mira con cariño desde el Sagrario y los llama a ser sus amigos, a parecerse a Él en la vida diaria.
Algunos les preguntarán: ¿Para qué servir en el altar? Es muy simple la respuesta, pero a la vez implica una enorme responsabilidad. El altar es un lugar único, porque en él sucede algo maravilloso: ahí contemplamos el Milagro de Amor más monumental y más sublime. En la Santa Misa, el pan y el vino que se han ofrecido a Dios -al ser consagrados- se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Cuando ustedes participan en la Santa Misa están muy cerca de Jesús. Al ayudar al sacerdote, ayudan también a Cristo, pues el sacerdote actúa en ese momento en la Persona de Cristo. Ayudan a toda la Comunidad a rezar mejor y a demostrar que no hace falta tener bastante edad para estar cerca de Jesús.
Jesús quiere niños y jóvenes con buen corazón. Les aseguro que, si ustedes no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 18,3). Un buen monaguillo está llamado a tener un corazón como el de Jesús: humilde, alegre, obediente, dispuesto a ayudar, respetuoso y sincero.
Apreciados monaguillos, cuiden y custodien la oportunidad que tienen de estar cerca de Jesús. Ser monaguillo es un regalo especial que Jesús les hace. Con su servicio, dan testimonio -a otros niños- de que Jesús los ama, los elige y los llama.
Estoy seguro de que Jesús está muy contento con su servicio; no pierdan la alegría y cuando crezcan no pierdan esta cercanía que han formado con el Señor. Él, a algunos -cuando crezcan- les llamará para algo más, no tengan miedo de responderle porque Jesús está muy contento de que desde ahora hayan cultivado una amistad sincera con Él.
Quiero agradecerles de corazón los esfuerzos, y a veces las renuncias, que hacen para dedicarse a este compromiso como servidores, mientras muchos de sus amigos prefieren dormir los domingos por la mañana, o hacer deporte. No se avergüencen de servir al Altar, aunque estén solos, aunque estén creciendo. Es un honor servir a Jesús cuando da su vida por nosotros en la Eucaristía.
Con su participación en la liturgia, asegurando su servicio, ofrecen un testimonio concreto del Evangelio a todos. Su actitud durante las celebraciones es ya un apostolado para quienes los ven. Si realizan su servicio en el altar con alegría, con dignidad y con una actitud de oración, seguramente despertarán en otros jóvenes el deseo de participar también en la Iglesia. Después de servir a Jesús en la Misa, Jesús los envía a servirle en las personas que encuentres durante el día (Cf. P. Francisco, Discurso a los monaguillos, 26.08.2022).
Tal vez, en el corazón de algunos, Jesús esté sembrando también una vocación de servicio en la Iglesia. Sigan adelante con alegría, sencillez y fidelidad. La Iglesia los necesita, y yo rezo por ustedes. No olviden invocar siempre la protección de la Virgen María, nuestra Madre.


















































