Hoy se habla mucho de diálogo en la familia, en la sociedad, en la política y en la Iglesia. El origen está en la intención misma del Creador, porque la religión es una relación íntima entre Dios y el hombre. La oración ha sido definida como diálogo, y la revelación, iniciativa divina, es un diálogo entre el Verbo encarnado y el mundo para manifestarle la grandeza del amor de Dios. Jesucristo reanuda el coloquio entre Dios y el hombre que se interrumpió a causa del pecado.
La historia de la salvación narra el largo y variado diálogo que nace de Dios y se manifiesta en múltiples conversaciones con los patriarcas y profetas, donde les revela su plan de salvación que llegará a su plenitud con la venida del salvador. En Jesucristo Dios nos revela cómo quiere ser conocido: como Padre de todos, como el Amor verdadero, que espera ser honrado y servido en el cumplimiento del gran mandamiento del amor y no solo por medio de fórmulas y ritos, a veces vacíos, porque surgen de corazones llenos de violencia.
Algunos tratan de huir de la realidad, muchas veces adversa, refugiándose en su pequeño mundo, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero entre la indiferencia y la violencia, siempre está el camino del diálogo. Un país crece cuando las diversas generaciones y culturas dialogan: grupos barriales, las universidades, jóvenes, políticos, familias, medios de comunicación, el mundo de la ciencia y el arte.
El diálogo no es un febril intercambio de opiniones o pareceres que manifestamos por redes sociales, muchas veces orientado a generar escándalo o a posesionar ideologías de moda con agresividad, destruyendo la dignidad del prójimo. La resonante difusión de hechos y reclamos en los medios, en realidad suele cerrar las posibilidades del diálogo, porque permite que cada uno mantenga intocables y sin matices sus ideas, intereses y opciones con la excusa de los errores ajenos. Prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora. Lo peor es que este lenguaje, habitual en el contexto mediático de una campaña política, se ha generalizado de tal manera que todos lo utilizan cotidianamente. El debate frecuentemente es manoseado por determinados intereses que tienen mayor poder, procurando deshonestamente inclinar la opinión pública a su favor.
La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda obtener todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad (Cf. Fratelli Tutti, 201-202).


















































