La Exhortación Apostólica “Dilexi te” del Papa León XIV es un valiente llamado a escuchar el clamor de los pobres y a identificarnos con el corazón de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados. Hoy Jesucristo nos interpela y nos llama a distinguir muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad (cf. n. 9).
De ese modo, según nos explica León XIV, “en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste -a veces bien enmascarada- una cultura que descarta a los demás y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano” (N. 11).
En este mes de fiestas por nuestra independencia, al compromiso concreto de trabajar por todos, especialmente por los pobres, también es necesario asociar un cambio de mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural. Cuenca es una ciudad hermosa, pero no podemos estar tranquilos hasta lograr mayor equidad, respeto a las familias, a los más débiles y generar sensibilidad ante el cuidado y defensa del medio ambiente. La seguridad y la paz que aún se respira en nuestras calles y plazas pueden perderse si no trabajamos hoy en la educación y formación integral de nuestros niños y jóvenes. Si queremos cosechar virtudes, tenemos que sembrar buena semilla en sus corazones. El buen ejemplo, la oración y el respeto a nuestras sanas tradiciones son fundamentales en este proceso.
Soñemos con una sociedad acogedora, con lugares, espacios, casas y ciudades donde todos son valorados y respetados. “¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!” (Evangelii Gaudium, 210).
Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad. Siempre debe recordarse que la propuesta del Evangelio no es solo la de una relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es más amplia: “es el Reino de Dios” (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos (cf. Dilexi te, 97).


















































