En el domingo anterior a la Pascua se celebra la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, pocos días antes de la pasión. A este domingo se le conoce como el Domingo de Ramos. En este día, la liturgia comprende tres momentos: la bendición de los ramos, con la procesión de toda la comunidad; la lectura del relato de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo; la celebración eucarística. Todo nos lleva a contemplar a Jesucristo Rey, que para salvarnos muere en la cruz y resucita glorioso del sepulcro.
El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, donde conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, misterios que se contemplan en el denominado “Triduo Pascual”. La Semana Santa, o semana mayor de los cristianos, es el tiempo en el que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena.
Jesús es el príncipe de la paz, y su entrada en Jerusalén la hace sin tropas, ni armas, sin ostentación ni lujos, sin riquezas, y tal como lo habían anunciado los profetas, subido en un burrito. Montado en esta humilde cabalgadura y rodeado de sus discípulos, se encamina a la ciudad santa. El cortejo se incrementó con la gente pobre y los niños que salieron a su encuentro con palmas y ramos de olivo, que pusieron a sus pies y lo aclamaron como rey, diciendo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.
Hoy también muchos siguen a Jesús de manera incondicional, le muestran su amor sincero, con sus voces y gestos lo aclaman; están dispuestos a hacer lo que Él les diga. Otros lo miran con indiferencia y curiosidad; lo siguen dejándose llevar más por la costumbre y el compromiso social, pero ponen la distancia cuando el Señor les pide un compromiso serio. Aparecen también en escena los enemigos de Cristo, los que se dejan llevar por la envidia y el resentimiento, quienes destruyen la obra de Dios y atentan contra la vida de los inocentes.
Ante aquellos que no quieren que Cristo reine, nosotros decimos, con profunda convicción: “Oportet illum regnare”, (Es necesario que Cristo reine). Seguir al Señor es la decisión que conduce a la verdadera alegría.
El Domingo de Ramos tiene que ser para nosotros un día de decisión para acoger al Señor y seguirlo hasta el final. Esta es la decisión que conduce a la verdadera felicidad.
“Que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros” (Benedicto XVI).
Que este Domingo de Ramos podamos iniciar con fe y devoción la vivencia de la Semana Santa del presente año. Que esta semana tengamos un acercamiento a Dios y a nuestros hermanos, y sigamos luchando por alcanzar una auténtica conversión.


















































