La fiesta litúrgica de la Exaltación de la Cruz se celebra cada 14 de septiembre. Pero en el mes de mayo muchos pueblos conmemoran la “Fiesta de las Cruces”. Esta es una hermosa y muy arraigada tradición católica llena de expresiones de religiosidad popular en honor al símbolo mayor de nuestra fe cristiana: la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Sus raíces históricas se extienden hasta los tiempos del cristianismo primitivo, en Jerusalén, donde surgió la veneración a la cruz de Cristo. La cruz, para los que tenemos fe, no es un instrumento de temor y de muerte, sino trofeo de vida, signo del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. La cruz nos recuerda nuestra necesidad de conversión, necesidad de apartarnos del pecado y creer en el Evangelio.
“Contemplando la cruz descubrimos que es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura. Para Jesús no hay diferencia de raza y cultura. Él murió para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos” (Benedicto XIV).
Nuestros antepasados, a lo largo de la historia, han encontrado en la cruz del Señor la fuerza para sobrevivir y para levantarse de las duras derrotas y nunca han quedado defraudados. Jamás se cansaron de invocar a Dios al empezar el día y al finalizar la jornada, haciendo reverentemente la señal de la cruz. La Santa Cruz no fue para ellos una figura decorativa u objeto de superstición. Fue, y sigue siendo, signo de nuestra fe y del amor de Dios que se entrega por nosotros. En ella, Cristo nos dice que la última palabra no la tienen los violentos, ni los que destruyen la dignidad humana. La última palabra la tiene el amor, porque Dios no señala con el dedo a nadie, sino que abraza a todos. Porque solo el amor apaga el odio y vence a la injusticia. Solo el amor deja lugar al otro. Solo el amor es el camino para la plena comunión entre nosotros.
La cruz nos recuerda también que la dimensión vertical de nuestra vida, encaminada a Dios, y la dimensión horizontal, dirigida al prójimo, son inseparables, constituyen el ser cristiano genuino y total. Sabemos que amamos a Dios cuando somos conscientes de que amamos al prójimo.
“Cuando estemos tentados de seguir la lógica del mundo, recordemos las palabras de Jesús: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Lo que a los ojos de los hombres es una pérdida, para nosotros es la salvación. “Aprendamos del Señor, que nos ha salvado en la cruz despojándose de sí mismo. Cuanto más unidos estemos al Señor Jesús, seremos más abiertos y universales, porque nos sentiremos responsables de los demás” (Papa Francisco)


















































