El 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación, celebramos el Día del Niño por Nacer, la fiesta de la Familia y de la Vida, llenos de la misma alegría que inundó el Corazón de María el día de la Anunciación del Arcángel Gabriel.
María recibió este anuncio en su humilde casa de Nazaret. Este dato importante nos recuerda que el nuevo templo de Dios, el encuentro del hombre con Dios, se lleva a cabo en los lugares que menos lo esperamos. Dios siempre nos sorprende. La alegría de la salvación es anunciada en una casa pobre. Decía el Papa Francisco que “es Dios quien toma la iniciativa y elige entrar a nuestros hogares, como lo hizo en casa de María. Dios entra en nuestra vida, en nuestras escuelas, universidades, en el trabajo, en los hospitales para anunciarnos la alegría, para decirnos que está con nosotros. Una alegría que debe convertirse en solidaridad, hospitalidad, misericordia con todos”.
María se desconcertó al escuchar las palabras del Ángel. Hoy también muchas cosas nos desconciertan sobre la vida, el trabajo, la familia y la sociedad; se habla de los pobres, de los migrantes, de los jóvenes y de la violencia generalizada. Parece que nada tiene solución, que todo anda mal. El dolor llama a muchas puertas. Nos sentimos impotentes frente a tantos desafíos. Vivimos una vida tan acelerada que no tenemos tiempo para nada: ni para Dios, el prójimo y la familia.
Ante esta realidad, nos preguntamos: ¿Cómo se puede hoy experimentar la alegría del Evangelio en nuestras familias? No podemos ser meros espectadores ante tantas situaciones dolorosas e injustas. ¿Cómo actuar? Debemos hacerlo con la confianza y la obediencia de María, con la oración en familia y la formación de los hijos en valores y virtudes cristianas.
Pero también debemos actuar con otras acciones concretas: hemos de hacer oír nuestra voz dentro y fuera del templo, porque el cristiano no es ciudadano de segunda categoría que debe agachar la cabeza y callar ante la injusticia y la corrupción. Hablar con libertad para manifestar nuestros criterios, exigir de las autoridades leyes justas que protejan la vida, la familia, la sana educación, la salud, la libertad, el trabajo digno y el medio ambiente. El laico puede y debe manifestarse públicamente con respeto para exigir sus derechos. Hacerlo no es pecado, es un deber cristiano y solidario.
No necesitamos un permiso especial de la autoridad civil o religiosa para decir no a la corrupción, no a la cultura de muerte, no a la destrucción de la familia, no a la manipulación o al descarte de los pobres y necesitados. No necesitamos una autorización especial para levantar la voz en favor de la vida. Como cristianos y como ciudadanos, estamos llamados a decir públicamente sí a la vida, sí al niño por nacer, sí al respeto y cuidado de nuestros ancianos y enfermos, sí a la dignidad de la mujer, sí al campesino que trabaja la tierra, sí a los jóvenes que luchan cada día por salir del mundo de las drogas y la violencia.
Decir sí a la vida es comprometernos con cada persona humana, especialmente con la más frágil, recordando que toda vida es un don y posee una dignidad que nadie puede quitar ni relativizar.


















































