La Arquidiócesis de Cuenca, como toda la Iglesia universal, se encuentra en medio de profundas transformaciones sociales, culturales y económicas. La evangelización debe realizarse desde la centralidad de Jesús Eucaristía y los demás sacramentos, iluminando las realidades humanas y promoviendo la comunión, la participación y la misión.
Con nuestro testimonio de vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, debemos responder a las diversas crisis. “Las crisis (sean sociales, sanitarias o personales) no deben sufrirse pasivamente ni convertirse en conflictos cerrados, sino asumirse como oportunidades de crecimiento y transformación. Se debe caminar con otros, fomentando la solidaridad global y evitando caer en el egoísmo o el aislamiento” (Papa Francisco).
En el ámbito litúrgico-sacramental, el camino sinodal ha impulsado pasos significativos, como la formación de equipos parroquiales, vicariales y arquidiocesanos y la elaboración de subsidios sacramentales, entre otras iniciativas, para que los sacramentos sean espacios celebrativos que propicien un auténtico encuentro con Dios, quien se revela y se comunica con su pueblo por medio de su Hijo, en la realidad concreta de la comunidad y de la persona.
La cultura azuaya conserva como herencia una rica piedad popular y festiva que se manifiesta en ritos, romerías, devociones y expresiones culturales, arraigadas en la tradición y las costumbres de nuestros pueblos. A pesar de ser invadida por corrientes secularizantes y protestantes, se mantiene aún una relación con el misterio de salvación.
Somos conscientes de que hace falta una profunda formación litúrgica en los diferentes niveles y espacios, para que la acción litúrgica dé los frutos que se esperan con la participación y vivencia comprometida de la comunidad.
En ciertas ocasiones, las fiestas religiosas y peregrinaciones son utilizadas, por instituciones públicas y privadas, para el turismo, consumismo y la manipulación cultural, sociopolítica y económica, desplazando el sentido religioso esencial. Se mantiene vigente el desafío de hacer que los sacramentos no se queden en realidades estáticas, jurídicas, dogmáticas y sociales, sino que sean medios que lleven al encuentro personal con Cristo, que sigue realizando la obra de la salvación en medio de su pueblo. Esta falta de centralidad reduce los sacramentos al ámbito sentimental, folclórico y subjetivo.
Conforme al Catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia es servidora, a imagen de su Señor, el único “Liturgo” (cf. Hb 8,2.6). Por lo tanto, la Liturgia no es un espectáculo, sino el “ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” (SC 7). En este contexto, la Liturgia se entiende como misterio celebrado y vivido; encuentro con el Resucitado; Encarnación e Inculturación, que se vive de manera especial a través de la piedad popular como una espiritualidad encarnada, que debe ser acompañada y no solo observada: “Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones solo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)” (EG 125).


















































