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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

Este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la Paz

Este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la Paz


Durante el tiempo pascual, la Iglesia celebra con alegría la resurrección de Jesucristo, por eso celebramos la cincuentena pascual, que termina en la solemnidad de Pentecostés. Pero es bueno que reflexionemos también en estos pensamientos del Santo Padre:
“Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte. Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él es nuestra paz” (León XIV, Domingo Ramos 2026).
Desde su elección como Vicario de Cristo, el Papa León XIV ha hecho constantes llamados a la paz verdadera, desarmada y desarmante. Durante la Semana Santa ha profundizado en este tema, al recordarnos que Jesucristo se hace presente como rey de la paz, como luz del mundo, que no se impone por la fuerza, sino que nos conquista con su amor. “No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra. Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad” (ídem).
Iluminados por las palabras proféticas y valientes del Papa León, debemos reconocer las contradicciones de nuestra vida cuando oramos y, a la vez, fomentamos la guerra y la división, cuando utilizamos la religión para destruir a los más débiles, o callamos ante el comercio de las armas y de las drogas. “Los cristianos creemos en un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza porque sus manos están llenas de sangre” (ídem).
Nos invita a descubrir a Jesucristo que sigue sufriendo hoy en los débiles y descartados. Su pasión no es solo un hecho del pasado que recordamos en cada Semana Santa, sino la conmemoración del misterio de nuestra fe, que espera nuestro compromiso cristiano como signo de conversión. “Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra” (ídem).
La violencia que vivimos en nuestras plazas y ciudades, la destrucción de la familia y los atentados contra tantos inocentes son signos de una sociedad alejada de Dios, donde se utiliza el poder para eliminar a quienes piensan diferente. La guerra, que genera tanto dolor y destrucción, comienza en el corazón de aquellos que solo piensan en sí mismos y no escuchan la voz de Dios y de su pueblo.

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