San Pablo, en la Carta a los Gálatas, invita a hacerse cargo cada uno de las dificultades del otro, y si alguno se equivoca, usar la caridad. Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, ustedes, que tienen el Espíritu, corríjanlo con espíritu de mansedumbre. Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas (Ga. 6,1-2).
Esta actitud es muy diferente a las habladurías, es decir, a hablar mal del prójimo. Actuar según el Espíritu significa tener cordialidad con el hermano especialmente en el momento de corregirlo y vigilar sobre nosotros mismos para no caer también en ese pecado.
De hecho, cuando tenemos la tentación de juzgar mal a los otros, como sucede a menudo, debemos sobre todo reflexionar sobre nuestra propia fragilidad. Qué fácil es criticar a los demás. Hay gente que parece licenciada en habladurías. Todos los días critican a los demás. Pero mírate a ti mismo. Está bien preguntarnos qué nos impulsa a corregir a un hermano o a una hermana, y si no somos de alguna manera corresponsables de su error. Las murmuraciones destruyen, son como arrojar una bomba contra los demás. Destruyen la familia, el matrimonio, un barrio, una parroquia, destruyen todo. Pero sobre todo destruyen el corazón. Si tu corazón es capaz de arrojar la bomba, eres un terrorista, haces el mal de manera escondida y tu corazón se convierte en corrupto (Papa Francisco).
La corrección fraterna es una obra de misericordia espiritual. Consiste de manera particular en la advertencia hecha a una persona para apartarla del mal camino. Es bueno tomar en cuenta lo que nos dice el libro del Eclesiástico: Corrige al prójimo antes de usar amenazas (Eclo. 19, 17). Si tenemos la obligación de socorrer a nuestros hermanos en sus necesidades corporales, con mayor razón lo estaremos en las necesidades del espíritu.
En la convivencia humana, en el trabajo, en la familia, con los amigos, con los hijos, el cristiano debe ejercitar esta obra buena, porque así manifiesta caridad sincera. Además de las advertencias y consejos, siempre será preciso ayudar con el ejemplo, con la oración y una mayor compresión y aceptación del prójimo.
Si se practica la corrección fraterna con caridad, prudencia y respeto, se contribuye a que las personas mejoren, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz y atentan contra la dignidad.
La regla suprema de la corrección fraterna es el amor: querer el bien de nuestros hermanos. Y muchas veces es también tolerar los problemas de los demás, los defectos en silencio y en la oración, para después encontrar el camino correcto para corregirle. El camino más fácil es la murmuración y la calumnia, criticar al otro, como si fuésemos perfectos.
Quien recibe una ayuda y es aconsejado o corregido por su hermano, con humildad sabe escuchar y agradecer. El soberbio desprecia los consejos que le dan; antes bien los desprecia porque cree que todo lo hace bien, que no tiene errores en su vida. El orgulloso siempre busca justificarse porque no acepta sus faltas.


















































