A la hora de construir una iglesia debemos pensar en la expresividad y la funcionalidad. El carácter arquitectónico de una iglesia no depende exclusivamente de la organización funcional del espacio. Este espacio deberá ser expresivo. Dotarlo de expresión es, justamente, la tarea del arquitecto. De una iglesia ha de emanar el carácter sacro. El templo es un lugar sagrado. La unidad del templo, a través de sus elementos expresivos, debe ser algo abierto y claro. La luz, los muros, la disposición de los ambientes, tienen que hablar, en una catequesis elocuente, por sí misma.
El edificio donde se reúnen los cristianos representa, dentro de una ciudad determinada, lo cristiano. Es, en primer lugar, una llamada a la preocupación religiosa, al sentido de lo trascendente. Pero también, especialmente para aquellos que no hayan pisado el interior de una iglesia, las formas arquitectónicas, el contorno del edificio sagrado, tienen que gritar enérgicamente nuestra fe en la resurrección, en la vida eterna. La arquitectura de una iglesia de hoy ha de afirmar que un cristiano, por el hecho de serlo, no está ausente del mundo, ni de la época en que vive. Para un cristiano el concepto de lo sagrado no implica aislamiento o separación.
Debemos conseguir la funcionalidad del templo. Hay varios niveles de funcionalidad: el práctico, el espiritual y el mistérico. La funcionalidad mistérica exige que se facilite entrar en la comunión con Jesucristo Salvador, por la celebración de sus misterios. La iglesia debe significar de alguna manera la realidad invisible que se lleva a cabo en ella: la participación de la Pascua del Señor, la recepción de la gracia, la vivencia anticipada del Reino que ha de venir.
Es evidente un cambio de mentalidad en lo que se refiere al uso de los materiales de la fabricación de una iglesia y de los objetos cultuales. Nuestra pobreza cristiana no es un vacío, sino una plenitud. Consiste en el abandono de las falsas riquezas para adquirir las verdaderas.
Querer realizar cosas bellas y al mismo tiempo pobres, teniendo en cuenta la patente belleza de los materiales humildes, es, además, entrañablemente evangélico, pues «llega ya la hora, y es ésta cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca» (Jn. 4, 23-24).
Cuando la Constitución Sacrosanctum Concilium sugiere que se busque «más una noble belleza que la mera suntuosidad» (124), se muestra de acuerdo con el signo de los tiempos que vivimos y sus tendencias espirituales. Transforma en norma los intentos artísticos hacia la dignificación interior y espiritual de los materiales considerados hasta ahora absurdamente como menos aptos para el culto.
Cosas humildes como un candelabro, una lámpara, un incensario, pueden contener y ofrecer infinitas posibilidades de belleza, sin que necesariamente hayan de ser escandalosamente ricas, o simplemente ricas. El derroche y la riqueza como categorías religiosas pertenecen al pasado. Es una conquista, en efecto, el hecho de que estemos dispuestos, más universalmente que antes, a admitir que la dignidad de un objeto cualquiera no depende de la materia en que se realiza, antes bien, del sentido de la inspiración que da forma a la materia.


















































