La Iglesia reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza por remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo (Lumen Gentium, 8).
Los testigos de la pobreza evangélica son personas que viven una vida de humildad y desprendimiento de los bienes materiales para centrarse en Dios y el servicio al prójimo. Para ellos, la pobreza no es una carencia, sino una forma de vivir la plenitud en el amor, la solidaridad y la dependencia de Dios. Confían solo en la providencia divina, utilizan sus bienes para la gloria de Dios y el bien de las personas, sin sucumbir a la esclavitud de la riqueza. Su vida es un testimonio profético que llama a la conversión y denuncia la idolatría del dinero en una sociedad consumista.
La presencia cristiana junto a los pobres y enfermos revela que la salvación no es una idea abstracta, sino una acción concreta. En el gesto de limpiar una herida, la Iglesia proclama que el Reino de Dios comienza entre los más vulnerables. Y, al hacerlo, permanece fiel a Aquel que dijo: Estaba, enfermo, y me visitaron (Mt 25,35.36). Cuando la Iglesia se arrodilla junto a un leproso, a un niño desnutrido o a un moribundo anónimo, realiza su vocación más profunda: amar al Señor allí donde Él está más desfigurado (Dilexi te, 52).
Hay santos en la historia de la Iglesia que no solo sirvieron a los pobres, sino que se hicieron pobres con ellos. Conocemos el testimonio de San Francisco de Asís, cuya vida fue un continuo despojarse de la posesión al don total. Él no fundó un servicio social sino una fraternidad de servicio según el evangelio. Entre los pobres veía hermanos e imágenes vivas del Señor. Su misión era estar con ellos, por una solidaridad que superaba las distancias, por un amor compasivo.
Su pobreza era relacional: lo llevaba a hacerse cercano, igual, más aún, menor. Su santidad brotaba de la convicción de que solo se recibe verdaderamente a Cristo en la entrega generosa de sí mismo a los hermanos.
Un ejemplo actual lo encontramos en Santa Teresa de Calcuta, canonizada en 2016. Ella se convirtió en un icono universal de la caridad vivida hasta el extremo en favor de los más indigentes, descartados por la sociedad. Fundadora de las Misioneras de la Caridad, dedicó su vida a los moribundos abandonados en las calles de la India. Recogía a los rechazados, lavaba sus heridas y los acompañaba hasta el momento de la muerte con una ternura que era oración. Su amor por los más pobres entre los pobres la llevaba no solo a atender sus necesidades materiales, sino también a anunciarles la buena noticia del Evangelio. Todo esto nacía de una profunda espiritualidad que veía el servicio a los más pobres como fruto de la oración y del amor, que generan la verdadera paz. Lo dijo ella misma: El fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz. Teresa no se consideraba una filántropa ni una activista, sino esposa de Cristo crucificado, a quien servía con amor total en los hermanos que sufrían (cf. Ídem, 77).
Que los santos, con su valioso testimonio, nos estimulen a vivir nuestra fe con espíritu de servicio y entrega a los demás.


















































