Es alentador comprobar, en estos últimos años, un mayor interés de parte de los jóvenes por conocer temas relacionados con la vida sacerdotal. Algunos expresan el deseo de seguir a Cristo como lo hicieron los apóstoles. Ello es una prueba más de que el empeño y la constancia en la tarea vocacional ofrecen preciosos frutos a los que trabajan en la viña del Señor con corazón confiado, sincero y constante. La crisis de respuesta al llamado de Dios puede superarse allí donde se vive con intensidad la fe, se realiza la nueva evangelización y se encarna el misterio pascual de Jesús en la vida de la persona.
Queridos jóvenes de nuestra Iglesia de Cuenca, ustedes fueron creados para una vida significativa. Si alguna vez han sentido que nada les llena del todo, que incluso cuando todo “está bien” algo sigue faltando, no lo ignoren. Esa incomodidad no es un problema, es un llamado. Es Dios sacudiendo el alma.
No se conformen con una vida superficial, con pasar los días sin rumbo, con quedarse en lo fácil. Ustedes están hechos para más. Mucho más. Pero ese “más” no se descubre en el ruido, ni en lo que todos dicen. Se descubre cuando te atreves a entrar en tu interior, cuando haces silencio y te enfrentas a lo que realmente llevas dentro. Ahí, Dios te habla, y su voz no deja indiferente.
La vocación no es una obligación pesada. Es fuego. Es sentido. Es encontrar por quién y para qué vale la pena dar la vida. Jesús no te mira de lejos. Te llama por tu nombre. Cree en ti más de lo que tú crees en ti mismo. Jesús no los quiere en la orilla, cómodos y sin arriesgar. Les llama a ir más allá, a confiar, a dar un paso que a veces da miedo, pero que vale totalmente la pena. No tengan miedo de preguntarle en serio por su vida. No tengan miedo de escuchar. Y, sobre todo, no tengan miedo de decirle Sí a Dios.
La mayoría de los jóvenes que dicen “no encuentro mi vocación” en realidad no se han cuestionado su vida. Viven en modo piloto automático: estudio, trabajo, descanso, amigos, fin de semana. Todo eso no está mal. El problema aparece cuando eso es todo. Entonces la vida se vuelve una rutina bien organizada, pero sin profundidad. Mucho movimiento por fuera, poco fuego por dentro. Y sin deseo verdadero, no hay vocación. Porque Dios no entra donde todo está lleno. Entra donde hay espacio.
La vocación no es para los que tienen la vida resuelta. Es para los que tienen el corazón abierto, incluso roto, pero deseosos de ser plenos. Es para los que sienten que hay algo más. Para los que no se conforman.
El Papa Francisco exhorta a los jóvenes a no “balconear la vida” ni convertirse en “piezas de museo”, sino a ser protagonistas activos de la historia y del cambio social. Dios no destruye tu deseo. No lo aplasta. No lo cancela. Lo toma en serio. Lo purifica. Lo ensancha. Y sí, a veces permite que experimentes el vacío; no es para hundirnos, sino para despertarnos. Porque nos ama y no quiere dejarnos dormidos en una vida superficial (Cf. Papa Francisco, Jornada Mundial de la Juventud, Río 2013).
Jóvenes, acojan el don de Dios y no quedarán defraudados.


















































