La Cuaresma es el período litúrgico de cuarenta días que se inicia el Miércoles de Ceniza y prepara a la Pascua. Antiguamente, se caracterizaba por la preparación final de quienes iban a recibir el bautismo durante la Vigilia Pascual. Más tarde comienza a caracterizarse como período de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la introducción del ayuno y la abstinencia. En la liturgia, el carácter penitencial de la Cuaresma es subrayado por el color morado de los ornamentos y por la omisión del Gloria y del Aleluya en la Santa Misa. La reforma conciliar, además del carácter penitencial de la Cuaresma, ha vuelto a dar importancia a su orientación pascual-bautismal, invitando a los fieles a alimentarse de la Palabra de Dios y a orar con perseverancia.
“La Cuaresma es el tiempo favorable para reavivar nuestras relaciones con Dios y con los demás; para abrirnos en el silencio a la oración y a salir del baluarte de nuestro yo cerrado; para romper las cadenas del individualismo y redescubrir, a través del encuentro y la escucha, quién es el que camina a nuestro lado cada día, y volver a aprender a amarlo como hermano o hermana. Dios, como Padre tierno y misericordioso, nos ama, nos espera, aguarda nuestro regreso. Siempre nos anima a no desesperar, incluso cuando caemos en el polvo de nuestra fragilidad y de nuestro pecado, porque Él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo” (Papa Francisco).
Las semanas de Cuaresma son un tiempo especial para recordar quién es el Creador y quién la criatura; para proclamar que solo Dios es el Señor de nuestra vida; para desnudarnos de la pretensión de bastarnos a nosotros mismos y del afán de ponernos en el centro, de ser los más importantes, de pensar que solo con nuestras capacidades podemos ser protagonistas de la vida y transformar el mundo que nos rodea. Es tiempo de pedir al Señor la virtud de la humildad y buscar la pobreza del espíritu para llegar a ser bienaventurados.
La Cuaresma es un tiempo de la verdad, para quitarnos las máscaras que llevamos cada día, aparentando ser perfectos a los ojos del mundo. El Señor nos pide autenticidad frente a la hipocresía. Es necesario presentarse sin pantallas, tal como somos, para ser verdaderos testigos del Evangelio. Pedro y los demás discípulos se reconocieron pecadores ante el Maestro, aceptaron su pequeñez ante la grandeza de Dios. Se despojaron de la falsa imagen para vivir una vida auténtica, transparente y reconciliada.
Los tiempos significativos del año litúrgico se presentan como grandes oportunidades para iniciar un camino de conversión de la mente y del corazón, para despojarnos del hombre viejo y renovar nuestra fe bautismal. El cambio de vida tiene que manifestarse en acciones concretas: implica confesar los pecados, reconocer la debilidad y no esconder el propio rostro ante Dios ni ante los hermanos.
Vivimos nuestra Cuaresma como tiempo de conversión y de encuentro con Aquel que jamás nos ha defraudado y no rechaza a sus hijos, sino que siempre está dispuesto a darnos el abrazo del perdón. Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para prepararnos a vivir el Misterio Pascual.


















































