“Un pueblo capaz de hacer niños y capaz de mostrarlos con orgullo, con esperanza, es un pueblo que tiene futuro” (Papa Francisco, 2017). En la sociedad de hoy, caracterizada por la imposición de una cultura de muerte, el egoísmo y la destrucción de los débiles e indefensos, en un mundo donde se invierten millones de dólares en campañas antivida y antifamilia, donde se presentan proyectos de leyes que atentan contra la dignidad de las personas, buscando destruir la imagen de Dios impresa en el hombre y la mujer, no podemos quedarnos tranquilos, siendo meros espectadores de una terrorífica película de la vida real que aniquila la creación. La familia tiene que despertarse y defender sus derechos. Los padres de familia, movidos por el amor, tienen que exigir una sana educación para sus hijos, sin ideologías que atenten contra su dignidad y desfiguren su naturaleza. Los jóvenes tienen derecho a una buena formación y a soñar con un futuro digno.
Estos sueños y justas aspiraciones se iluminan y encuentran fundamento en el trabajo que el padre Romel Soto, que en paz descanse, nos presentó en su libro denominado “Pensamiento educativo de Juan Pablo II”. Siguiendo las huellas del Papa polaco, nos dice que la educación es una pasión que constantemente se renueva, pues las generaciones actuales presentan nuevos desafíos que no podemos desconocer. Con la luz de Dios y una buena formación debemos hacerles frente, porque para un cristiano educar es evangelizar y evangelizar es sembrar virtudes y valores en el corazón de los niños y jóvenes. Educar cristianamente no es solo impartir catequesis. No es hacer proselitismo. Es, en realidad, llevar adelante a los jóvenes en los valores humanos, en toda la realidad, incluida la trascendencia.
En el libro “Pensamiento educativo de Juan Pablo II”, el autor nos recuerda que la misión de educar les compete sobre todo a los padres de familia, recordándonos que en esta tarea no están solos; le corresponde a la escuela y a la Iglesia, como subsidiarias de la educación, ayudar a los padres de familia a cumplir con su misión, buscando la formación integral de sus hijos. Conociendo la verdad sobre el hombre, deben llegar al encuentro con Dios y con el prójimo.
Los profesores con vocación cristiana de servicio colaboran con los padres en la educación de los hijos, fortaleciendo todas las dimensiones de la vida, no solo la intelectual. Gracias a una sana educación, los alumnos se preparan, con alegría y esperanza, para hacerle frente a la actual situación social, económica, política y moral.
Una sana formación con acertados criterios debe llegar a todos. No podemos quedarnos con una educación selectiva y elitista, pues “parece que tienen derecho a la educación las personas de un cierto nivel, pero ciertamente no tienen derecho a la educación todos los niños: esta es una realidad mundial que nos avergüenza. Es una realidad que nos lleva hacia una selectividad humana que en vez de acercar a los pueblos los aleja: aleja a los ricos de los pobres, aleja una cultura de otra” (Papa Francisco).


















































