Nuestra vida cristiana, especialmente en el Azuay, está caracterizada por muchas celebraciones religiosas que copan todo el año litúrgico. Jesús Eucaristía, María y los santos aparecen como hermanos y amigos cercanos, que nos protegen y llenan de esperanza nuestro sendero.
Los actos con que se expresa la piedad popular manifiestan la exigencia de establecer una relación con Dios y con los demás. Los avances tecnológicos, el consumo de bienes materiales, las propuestas sociales y políticas que pregonan un mundo sin valores y sin respeto a la vida, jamás podrán llenar nuestros corazones. ¡Solo Dios basta!
Un análisis objetivo de las manifestaciones de fe nos ayuda a comprender que las fiestas religiosas, del pueblo sencillo, responden a sus profundas exigencias y constituyen unas celebraciones ricas en símbolos, en teología vivencial y en creatividad, que no podemos ignorar o rechazar, pensando que carecen de seriedad, pureza y trascendencia.
Las fiestas religiosas populares no son una fuga de la realidad cotidiana, del dolor, del trabajo y el compromiso. Muchas celebraciones tienen un marcado carácter penitencial, como las que se realizan en Semana Santa; otras, como las fiestas patronales o navideñas, reflejan la alegría, la gratitud o la esperanza puesta solo en Dios. Nuestras fiestas se convierten en el tiempo idóneo para desarrollar la capacidad de convivencia y establecer nuevas relaciones de fraternidad.
En la fiesta el pueblo encuentra fuerza para vivir y la capacidad de volver con renovada esperanza a la vida cotidiana. Es la explosión de una solidaridad profunda, la recuperación de la conciencia de no estar solos en la lucha y de trabajar por una convivencia humana distinta. El pueblo no se resigna a vivir en una sociedad violenta e insegura, llena de injusticias y falsedades; sabe que es posible un mundo mejor, más humano, sin descartados o marginados.
En la piedad popular, sobre todo se exaltan la alegría, la esperanza, la solidaridad, por el hecho de sentirnos cercanos, familiares de los santos, y especialmente de la Virgen. La fiesta es la respuesta de nuestros anhelos sobre la rutina cotidiana de la vida. Todo es novedoso y llamativo: la indumentaria, el caminar juntos, los ritos, los alimentos compartidos, el descanso, los sentimientos de unidad. Cuando la fiesta popular no ha sido contaminada por el consumismo y los excesos (drogas y violencia), afloran nuevas energías abiertas a la renovación social y a auténticos valores espirituales. Se fortalece la confianza en Dios, el sentido de filiación, la devoción familiar a Jesús, a María y a los santos, con la intensidad de que solo son capaces los sencillos y los pobres (Cf. Dic. de Espiritualidad, Ed. Paulinas, págs. 1657-1658).
“La fiesta no es un mero descanso, sino una dimensión esencial de la vida familiar, un don de Dios para armonizar con el trabajo, que revela la belleza de la familia como comunión de amor, santuario de vida y pequeña Iglesia, llamada a construir una civilización más humana a través del amor fiel y abierto a la vida. La fiesta es una epifanía de la familia que muestra su gozo y esperanza, más allá del placer, conectada con la Eucaristía y la trascendencia” (Benedicto XVI).


















































