El ángel dijo a María: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el niño santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios nada es imposible”. Dijo María: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho”. Después la dejó el ángel” (Lc. 1, 35-38).
El 8 de diciembre celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, Patrona de la Arquidiócesis de Cuenca. Nuestra fe nos lleva a admirarla como modelo de vida cristiana, signo de esperanza y de consuelo (Cf. LG, 68). Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1,4), a imagen de nuestro Creador.
María Inmaculada es don del amor de Dios para su pueblo. Modelo para todos, pero especialmente para los jóvenes de hoy, que crecen en ambientes que pregonan falsos modelos de felicidad, ambientes de peligro y violencia, donde carecen del amor verdadero. Muchos son víctimas de la corrupción y de la mentira, de propuestas ideológicas que los llevan a un callejón sin salida. Al no tener apoyo y afecto familiar, terminan sucumbiendo en el mundo del consumismo y de las drogas. Es lamentable ver a tantos muchachos que han perdido la alegría y el deseo de vivir, que no valoran ni respetan su vida ni la de los demás, que exponen su cuerpo a la esclavitud de los vicios.
Ante esta dura realidad, María Inmaculada nos anima a buscar la verdad en Dios. Ella se presenta como modelo de auténtica realización juvenil. Nos dice que, solo escuchando la voz de Dios y cumpliendo su palabra, alcanzaremos la plena realización de nuestros sanos deseos y esperanzas.
Queridos jóvenes: sientan la protección material de María, invóquenla y sigan su ejemplo. Los adultos, con la ayuda de María, hagamos el firme propósito de orientar a nuestros niños y jóvenes con el testimonio de una vida coherente con la fe que profesamos.
El día de la Inmaculada, hagamos una visita a nuestra Madre en la iglesia Catedral. Y ante su mirada tierna y acogedora pongamos nuestras alegrías y tristezas, nuestros hijos y familiares. Dejémonos mirar por ella, para acoger su maternal abrazo que nos llena de esperanza y paz.


















































