En la Iglesia contamos con la presencia activa de miles de catequistas que ejercen su misión evangelizadora formando en la fe a nuestros niños y jóvenes. Es una vocación que nace con el bautismo.
Para que los catequistas puedan desarrollar su vocación misionera, necesitan el apoyo y la cercanía de los sacerdotes. Es nuestra responsabilidad ofrecer espacios formativos donde los laicos profundicen diversos aspectos de la doctrina cristiana. Esta es la finalidad de las escuelas para la formación de catequistas que funcionan en las vicarías episcopales de nuestra arquidiócesis.
La formación de catequistas es un proceso permanente, sistemático, fundamental para el crecimiento humano, espiritual y comunitario, que fortalezca su compromiso con la tarea de comunicar la Buena Noticia, despierte en las personas una experiencia de Dios como Padre y propicie el seguimiento a Jesús. Estos espacios de formación buscan dotar a los catequistas de las herramientas necesarias que les permitan desarrollar su labor con fe, eficacia y compromiso de auténtica vida cristiana.
La catequesis constituye la columna vertebral de la evangelización de la Iglesia. Considerando su importancia, debemos formar agentes de pastoral que comprendan y vivan su misión, que profundicen en el conocimiento de la Sagrada Escritura y de los sacramentos, como elementos centrales de la vida cristiana. Que desarrollen una comprensión de la liturgia como celebración festiva de la fe. Laicos que reflexionen sobre la familia como núcleo fundamental de la comunidad cristiana, que vivan una espiritualidad comprometida con Dios y descubran su compromiso comunitario por medio del estudio de la Doctrina Social de la Iglesia.
“El catequista debe adecuar su enseñanza al contexto social en el que viven los catequizandos. No debe reducir su servicio a formas puramente interiores de adhesión y de culto, sino que ha de abrirse a las grandes cuestiones morales y sociales de nuestro tiempo. El catequista debe ser también maestro de humanidad; ha de estar profundamente atento a la sensibilidad y a los problemas de las personas a las que dirige su catequesis; no puede contentarse con dar una bella lección, si ésta no responde a los interrogantes y esperanzas de aquellos a los que va dirigida” (San Juan Pablo II).
En un mundo marcado por el consumismo, los constantes cambios y desafíos, el ser humano necesita cultivar su vida espiritual para responder adecuadamente a su vocación a la santidad. La espiritualidad cristiana que todos debemos cultivar no es una evasión de la realidad, sino una fuerza transformadora desde dentro, que orienta todas las dimensiones del ser hacia el encuentro con Dios y con los hermanos. La formación cristiana no es solo recibir conocimientos doctrinales, sino configurar la vida desde el Evangelio, en comunión con Cristo y con la comunidad eclesial. Los laicos, como los miembros de la vida consagrada, necesitan alimentar su espiritualidad para dar un testimonio coherente, comprometido y esperanzador en medio del mundo.
Las escuelas para catequistas manifiestan la preocupación de los pastores por la formación integral de los agentes laicos de evangelización y son una forma efectiva de manifestar nuestra gratitud a quienes trabajan por la edificación de la Iglesia viva.


















































