El jueves 30 de octubre, fuimos convocados en la Catedral de la Inmaculada para recibir los restos mortales de Monseñor Ernesto Álvarez Álvarez, quien fuera segundo arzobispo de Cuenca (1971 a 1980). Durante su vida, como sacerdote salesiano, desempeñó múltiples cargos en la formación de jóvenes en los colegios regentados por esta comunidad religiosa.
Fiel al carisma de San Juan Bosco, procuró hacer de la educación una cosa del corazón y no solo una asimilación de conceptos. Descubrió que, de la sana educación de los jóvenes, depende la felicidad y el progreso de las naciones. Hizo del trabajo con los niños y jóvenes un verdadero apostolado, conduciéndolos al encuentro de Jesús Eucaristía y María Auxiliadora. Así Dios lo formó para asumir mayores responsabilidades al ser designado, primero, Obispo Auxiliar de Guayaquil y, más tarde, Arzobispo de Cuenca.
En su episcopado, con experiencia académica y pastoral, impulsó especialmente la educación universitaria, siendo forjador de la Universidad del Azuay. También en su tiempo fue beatificado nuestro querido Hermano Miguel, el primer santo cuencano, en 1977.
Su lema fue: Comunioni et ministrationi (comunión y servicio). Para cumplir estos objetivos vino a Cuenca a trabajar por la común unión de todos, tal como Jesucristo nos lo dice en el Evangelio, y para servir a sus hermanos, pues el episcopado es un servicio, no un honor. El obispo debe ser como quien sirve y se hace pequeño, siguiendo el ejemplo de Jesús. Este servicio implica predicar la Palabra de Dios, orar por su rebaño y velar por su bienestar integral, incluyendo la justicia social y el bien común (Papa Francisco). Esta es la misión que debemos realizar confiando en la gracia de Dios, aunque en el transcurso debamos padecer incomprensiones y rechazo.
La norma eclesiástica establece que el cuerpo del obispo difunto debe ser sepultado en la catedral de su diócesis. Por eso recibimos los restos mortales de Monseñor Ernesto Álvarez y los sepultamos en la cripta de nuestra catedral metropolitana de la Inmaculada Concepción junto a los demás obispos de Cuenca. Esta ceremonia fue signo de aprecio y gratitud hacia aquel que fue nuestro segundo arzobispo, y durante cerca de diez años sirvió como padre y pastor a esta porción del Pueblo de Dios que peregrina en el Azuay.
Conocemos bien las tensiones internas que existen en nuestro país; cada vez toman más fuerza grupos irreconciliables entre sí, hijos de un mismo pueblo que luchan entre sí y se destruyen. Vemos hoy en el Ecuador actitudes y juicios mutuos que lesionan la unidad, el amor y la convivencia fraterna. Falta comprensión, escucha y diálogo sincero. Acabamos con la vida del hermano y con sus bienes al querer imponer nuestro punto de vista y los intereses personales antes que el bien común. Quienes dividen al pueblo y siembran odio, utilizan a los pobres y se aprovechan de sus necesidades para imponer criterios arcaicos, que en su tiempo originaron desgracias, miseria y muerte en muchos países del mundo.
Pongámonos de acuerdo en lo esencial mediante el amor fraterno y el diálogo. Respetemos las legítimas diferencias y aprendamos a descubrir en el rostro del otro a Jesucristo y no a un enemigo al que hay que combatir.


















































