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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

LA PIEDAD DEL PUEBLO

LA PIEDAD DEL PUEBLO

En la reciente fiesta del Corpus Christi y el Septenario Eucarístico que vivimos en Cuenca, pude apreciar algunas actitudes del pueblo que me dejaron vivamente impresionado. Me cautivó la escucha atenta de la Palabra de Dios, pues, cada día muchísimas personas llegaban a la Catedral, para nutrirse con la Buena Nueva y la explicación que hacían los sacerdotes, teniendo como tema principal “Forjadores de Paz en un mundo en conflicto”. Quienes se sentían preparados, se acercaban con reverencia a recibir la comunión, con la plena conciencia de recibir a Jesús presente en la Hostia consagrada. Niños, jóvenes y adultos cantaban y manifestaban sus sentimientos de sincera adoración, poniéndose de rodillas o con otros gestos de devoción. Después de la Misa comenzaba la procesión alrededor del parque Calderón. El Santísimo era llevado solemnemente entre luces, flores, incienso y perfumes. Todos querían demostrar su amor al Señor. La celebración acababa con la Bendición eucarística y los juegos pirotécnicos preparados por los priostes. Cada noche hubo fiesta y alegría. No podía ser de otra manera, porque Jesús caminaba con su pueblo y nos miraba con infinita misericordia.
No podemos desconocer el valor de estas manifestaciones de fe. Es la gente sencilla la que nos evangeliza con sus gestos y palabras. Jesús habla por medio de los pobres. La piedad popular “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer y que hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe” (Paulo VI).
El Papa Francisco, que ha vivido intensamente la religiosidad del pueblo, dice que sólo desde el amor podemos apreciar la vida espiritual presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Piensa el Papa en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario, aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una auténtica vida espiritual (Cf. Evangelii Gaudium, 125).
En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla. Las expresiones de la piedad popular de nuestro pueblo tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son manifestaciones del verdadero amor a Dios y al prójimo que debemos considerar con atención, particularmente a la hora de elaborar el plan para una nueva evangelización, que nos lleve a caminar con el pueblo del que orgullosamente somos parte.

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