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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

SEMANA SANTA

SEMANA SANTA

A la Semana Santa la llamamos también Semana Mayor: no por los platos típicos que durante estos días muchos degustan, a veces olvidándose de los tiempos de ayuno y de los pobres que ayunan todo el año; no por el feriado que nos permite pasar unos días de descanso; no por las tradiciones religiosas y culturales de muchos pueblos. La Semana Santa es Mayor porque en estos días celebramos los grandes misterios de nuestra fe: Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Todo empieza el Domingo de Ramos, recordando la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. El pueblo lo recibe con gritos de júbilo, ponen sus mantos por donde pasa y con palmas en lo aclaman como rey. Es la misma muchedumbre que unos días después gritará: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Las iglesias se llenan de fieles que piden la bendición de sus ramos y objetos de piedad que luego llevan a sus casas como signo de protección. Masas humanas aclaman al único Rey y Señor, dejando a un lado a quienes se autoproclaman salvadores del pueblo, enemigos de la injusticia y jueces de sus hermanos. Huyen de estos falsos dioses porque han descubierto que son ídolos con pies de barro, profetas de la mentira, manipuladores expertos y maestros de la corrupción. El pueblo de Dios aclama al Señor, al Hijo de María, al Rey que desde la cruz nos da la verdadera prueba de amor, al entregar su vida para salvarnos.

El Jueves Santo acudimos a la Misa Crismal en la Catedral, única celebración en la Arquidiócesis. Aquí los presbíteros renovamos nuestros votos sacerdotales y pedimos la oración del pueblo, para vivir con entrega generosa la vocación recibida como un don de Dios. Por la noche se celebra la Última Cena, conmemorando el gran Mandamiento del Amor y la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento. En el día del sacerdocio, debemos reconocer con humildad que no somos dignos de este don, que no hemos correspondido al amor de Dios y a la confianza de tanta gente buena, que mira al sacerdote como padre, hermano y amigo, como hombre de Dios. Cuántas veces nuestros hermanos se han decepcionado porque han encontrado en el pastor una barrera, reproches o una Iglesia aduana, como dice Francisco, que no es puente entre Dios y su pueblo.

La cruz es el signo distintivo del Viernes Santo. Jesús, reinando desde la cruz, entrega todo su amor y nos atrae hacia Él. La tradición religiosa expresa este misterio con procesiones penitenciales y sentimientos de piedad, teniendo como parte central el rezo del Vía Crucis. Acompañamos a Jesús en el camino de la cruz, no como meros espectadores, a semejanza de aquellos que lo insultaban y se burlaban de él. Lo seguimos porque creemos en el triunfo de la cruz, signo de salvación para todos, y porque queremos solidarizarnos con tantos hombres y mujeres que hoy sufren injustamente, crucificados y marginados, descartados por el egoísmo de la sociedad de consumo, pero jamás olvidados por Dios.

Hagamos que nuestra Semana Mayor sea realmente Santa, por la participación activa en las celebraciones religiosas, por la vivencia de la fe, el amor en familia y el compromiso por socorrer a los cristos de hoy. (F)

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