¿Cuáles son las necesidades de los jóvenes de hoy? ¿Qué buscan? ¿Qué esperan de nosotros? Varias investigaciones muestran que los jóvenes sienten la necesidad de figuras de referencia cercanas, creíbles, coherentes y honestas, así como de lugares y ocasiones en los que poner a prueba la capacidad de relación con los demás (tanto adultos como coetáneos) y afrontar las dinámicas afectivas. Buscan figuras capaces de expresar sintonía y ofrecer apoyo, estímulo y ayuda.
Si estas son sus necesidades, quiere decir que el papel de la familia es fundamental. Los adultos: padres, familiares y educadores, a menudo no valoramos sus potencialidades, enfatizamos las fragilidades y no entendemos las necesidades de los más jóvenes. Hacemos hincapié en sus errores y solo les recordamos lo que nos gustaría que ellos hicieran, pero no somos capaces de ayudarles a orientar su mirada hacia el futuro.
Hay padres que, ante la dificultad de poder orientarlos, renuncian a hacerse escuchar o terminan imponiéndolo todo, creyendo que así son buenos educadores. Otros, son padres ausentes o hiper-protectores, que hacen a los hijos más frágiles e inseguros, obsesionándolos con el miedo a equivocarse.
Los jóvenes no necesitan solamente de la presencia de los adultos en su vida, tienen una fuerte necesidad de ser escuchados, desean un diálogo abierto y sereno. Esperan ver en sus padres expresiones de afecto y confianza. Más aún, necesitan ver que papá y mamá se amen y respeten, que ambos busquen hacer cada día la voluntad de Dios y vivan el mandamiento del amor.
Ante la vida social y política, los jóvenes expresan desconfianza, indiferencia o indignación. Esta actitud se refiere no sólo a la política, sino que afecta cada vez más a las instituciones formativas y a la Iglesia. La quieren más cercana a la gente, más atenta a los problemas sociales. Esta es la razón por la que a muchos jóvenes les atrae la personalidad y el discurso del papa Francisco, siempre comprometido con los pobres y dispuesto a decir la verdad, aunque algunos se escandalicen.
Cuando ven en los adultos una fe sin obras, o se ponen en contra o terminan viviendo de espaldas a Dios, con total indiferencia. Viven sin la Iglesia, buscando a veces formas de espiritualidad alternativas y espontaneas. No se sienten parte de una Iglesia alejada y anquilosada. Buscan una comunidad en salida, donde se viva la radicalidad del Evangelio, con alegría y generosidad.
Hoy los adultos debemos hacerles frente a estos retos, sin miedo y confiando plenamente en Dios, que nos dará la sabiduría para poder formar y orientar bien a nuestros jóvenes.


















































