¿Qué estilo de relación llevamos con los demás? ¿En base a qué criterios entablamos trato con el prójimo? Con frecuencia perdemos el tiempo fomentando rivalidades y discordias y no somos sembradores de paz, como pregonaba San Francisco de Asís. En vez del servicio fraterno nos domina la ambición de poder.
En cierta ocasión, los discípulos de Jesús discutían sobre quién era el más importante del grupo (Cf. Mc 9,31-37). Poco antes el Señor les había revelado que su misión estaría caracterizada por el sufrimiento, la humillación y la muerte en la cruz. Se nota, pues, que no habían entendido aún el mensaje del Maestro. Les costaba mucho aceptar a un mesías sufriente y no triunfalista y avasallador, como muchos lo esperaban. Esperaban a un líder político y no al pastor humilde, dispuesto a entregar la vida por todos.
No podemos asombrarnos ante el comportamiento de los amigos de Jesús, porque todos somos ambiciosos. En nuestra vida se generan problemas de toda índole debido a la búsqueda insaciable de poder. Las familias se destruyen porque los esposos pierden el tiempo luchando por demostrar quién manda en casa y tiene la última palabra. Los hijos buscan estar por encima de sus padres y quieren oponerse a cada indicación que reciben para demostrar independencia y personalidad. Entre hermanos, los desacuerdos y riñas son constantes porque el uno no acepta la presencia y el control del otro. Lo mismo sucede en la vida política, un campo donde los principios y el respeto al prójimo rara vez aparecen. Todos luchan por llegar al poder, a veces valiéndose de la calumnia, la mentira y la violencia. De este virus no se escapa la Iglesia, familia compuesta por hombres y mujeres, santos y pecadores. Los escándalos que hoy la salpican tienen su origen precisamente en la búsqueda de poder de quienes fueron llamados a servir sin esperar recompensa terrena.
No podemos seguir perdiendo el tiempo preguntándonos quien tiene más poder, es hora de escuchar la propuesta que nos hace Jesús y que inculca a sus discípulos. Él nos propone cambiar la ambición de poder por la actitud de servicio. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Entonces, ¿ya no son necesarias las autoridades y jefes en las familias y en nuestras comunidades? De ninguna manera. Siempre necesitaremos la ayuda de quienes, con humildad, deben guiarnos, pero con espíritu de servicio. Los hijos necesitan de la presencia cercana y acogedora de sus padres, los pueblos necesitan tener honestos gobernantes y la Iglesia necesita pastores con corazón misericordioso, dispuestos a ser los primeros servidores de sus hermanos.
Siguiendo el ejemplo de Jesús, todos debemos reconocer que en el servicio está la verdadera grandeza y el auténtico honor.


















































