Jesús cura a un hombre sordo, le devuelve la capacidad para escuchar a los demás y entablar mejores relaciones con quienes le rodean. Ante este milagro, la gente, emocionada, exclama: “Todo lo ha hecho bien” (Cf. Mc. 7,31-37). Destacan así no solo su poder divino sino también la bondad con la que actúa.
El Señor hace estas grandes obras de misericordia con discreción. Su objetivo no es impresionar ni ganar popularidad. No busca el éxito humano. Solo quiere hacer el bien, sin propagandas. No es el oportunista demagogo que conquista apoyo utilizando las necesidades del pobre.
Ante Jesús, todos tenemos necesidad de curación, de nuestros males físicos, pero, sobre todo, de las enfermedades del alma. Necesitamos curación de la sordera producida por la soberbia y el orgullo. Cada vez es más frecuente esta enfermedad, que nos hace creer que todo lo sabemos. Por eso no queremos escuchar consejo de nadie. Los hijos no escuchan las recomendaciones de sus padres, los gobernantes no escuchan al pueblo, ni los amigos quieren aceptar la corrección fraterna que aquellos que buscan su bien.
Existe además la sordera producida por nuestra ingenuidad. Escuchamos todo lo que nos dicen, menos a Dios. Los discursos religiosos están de moda. Nos hablan de conversión y del fin del mundo, mencionando fechas y lugares de la gran catástrofe. Dicen que buscan nuestra salvación, pero lo hacen utilizando el miedo, infundiendo pánico y presentándonos a un Dios vengativo, que no tiene nada de padre amoroso. Olvidamos que solo el amor puede conseguir el milagro de una verdadera conversión. Ingenuamente escuchamos también a vendedores de fantasías, a quienes nos ofrecen felicidad y prosperidad sin esfuerzo, acudiendo, tantas veces, a la mentira, las drogas, la extorsión, el chantaje y la corrupción. ¡Cuántos jóvenes y adultos han caído en las garras de encantadores de serpientes que aniquilan sus esperanzas!
Encontramos también la sordera, fruto del egoísmo y la comodidad, que nos lleva a marginar a los que sufren. Nos resistimos a escuchar sus dolores, angustias y dificultades. El enfermo se convierte en un gran problema y no en una oportunidad para crecer en solidaridad. Los abuelitos pasan a ser objetos olvidados, arrinconados en el baúl de los recuerdos. En nuestro calendario no existe ni siquiera la jornada del pobre, esa que cada año celebra el Papa Francisco en Roma, con miles de necesitados. Es un signo pequeño, pero lleno de un profundo mensaje de caridad para un mundo utilitarista y mezquino.
La Pastoral Social de nuestra Arquidiócesis, con los proyectos del Banco de Alimentos, el Centro de Mediación de Conflictos y el Programa de Reciclaje, busca que todos tomemos conciencia de nuestra sordera y ceguera espirituales. Escucha la voz de Dios en tu corazón y comparte estas obras de misericordia.


















































