“En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción -en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas-, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio” (P. Francisco. Mensaje Jornada Mundial de la Paz 2019).
Francisco, con la claridad y valentía que lo caracteriza, y conociendo muy bien la política latinoamericana, en el Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, va delineando las características de un buen gobernante, y así como nos recuerda las bienaventuranzas del político, también señala los vicios al presentar una lista de las dolorosas experiencias de corrupción vividas en numerosas naciones. No duda en condenar la corrupción como “un proceso de muerte” que se ha vuelto habitual en la sociedad y que “es un mal más grande que el pecado”, pero que -sin embargo- no puede contra la esperanza que nos ha traído Jesús.
El Santo Padre denuncia también en otras intervenciones que “la escandalosa concentración de la riqueza global es posible a causa de la complicidad de los responsables de la cosa pública con los poderes fuertes”. “La corrupción es en sí misma un proceso de muerte: Francisco señala que el corrupto vive del oportunismo e incluso llega a interiorizar una máscara de hombre honesto. “El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquiera autoridad moral que pueda cuestionarlo”, incluso ataca con insultos a todo el que piense diferente y si puede lo persigue.
Afirma que “el corrupto se cree un vencedor”. En un ambiente de triunfalismo, esta persona “se pavonea para menospreciar a los otros. El corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad”. Esta persona no percibe su corrupción. Es como el mal aliento: “difícilmente quien lo tiene se da cuenta, son los otros quienes se percatan y deben decirlo. La corrupción es la victoria de la apariencia sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción honorable”.
Con mayor claridad no se puede hablar. Que estas palabras tan profundas y llenas de realismo nos sirvan para pensar y elegir bien a nuestras autoridades. Que sean también tema de un profundo examen de conciencia para los muchísimos candidatos que hoy circulan por nuestro país.


















































