Los bautizados estamos llamados a ser discípulos misioneros. Escuchar la voz de Dios, ponerla en práctica y compartirla con los demás es nuestra misión.
Para ser discípulo del Señor no basta con caminar materialmente delante de Él: es necesario seguirlo desde dentro, imitando sus actitudes de humildad, de entrega y, en fin, de caridad. Este camino no es fácil, pero nos conforta sentirnos reflejados en los primeros discípulos que no comprenden las palabras de Cristo sobre la Cruz; a quienes les cuesta renunciar a la lógica de los primeros puestos para abrazar la del servicio, que no entienden, que cuestionan, que finalmente abandonan a Jesús y hasta lo niegan.
Pero si bien nos conforta la pequeñez de los apóstoles, pues nos reflejamos en ella, la meta va más allá: Estamos llamados, como el centurión romano, a colocarnos delante de la Cruz de Jesús para reconocerlo como verdadero Hijo de Dios y finalmente, a volver a Galilea para releer todo el Evangelio a la luz del Resucitado (Cf. XXIV Semana Bíblica Nacional 2018).
Una de las características fundamentales del verdadero discípulo de Jesús es la permanente novedad del Evangelio y de la condición de ser cristianos. Es confianza plena en el Señor. Se trata de no acostumbrarnos, de no acomodarnos, de no instalarnos en una fe de salón o de fachada, facilona, cómoda, acomodaticia, cansada, adormilada, aburguesada, sin nervio evangelizador, sin capacidad de asombro, sin apertura efectiva y afectiva a la providencia, sin demanda de una conversión permanente.
“La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos”. (P. Francisco, Homilía de la misa de Pentecostés, 2013).
La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Los grandes misioneros de la Iglesia, como el Hermano Miguel, a quien recordamos en este mes de febrero, son fiel testimonio de confianza y apertura a la novedad del Evangelio.


















































