Al celebrar la fiesta de creación de nuestra Iglesia, como la segunda diócesis en nuestro país (1769-2019), la gratitud es el primer sentimiento que brota de nuestros corazones. Con la fuerza de la gracia divina esperamos proyectarnos al futuro, siendo lo que tantas veces nos recuerda el Papa Francisco, una Iglesia con rostro misericordioso.
Como hijos de Dios, estamos llamados a presentar el verdadero rostro de la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de remangarse las manos para derramar el óleo y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas. La Iglesia: Una, Santa, Católica, y Apostólica, compuesta de pecadores, necesitados de su misericordia. La Iglesia, verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina.
Una Iglesia con rostro de misericordia, que no tiene miedo de comer con los pecadores (Cf. Lc 15). La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y no finge no verlo, al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste (Cf. Papa Francisco, Sínodo de la Familia, 2014).
Celebremos estos 250 años con profundo agradecimiento, reconociendo la presencia de Dios en los personajes y acontecimientos que nos precedieron. Los frutos de santidad en nuestra Iglesia son evidentes y, cada vez que los recordamos, nos impulsan a seguir sus huellas. En la lista de nuestros santos no podemos olvidar a San Miguel Febres Cordero Muñoz, Emilio Moscoso, Julio María Matovelle, Armando Fajardo, Carlos Crespi y otros grandes personajes que, desde el cielo, interceden por nosotros y nos estimulan con su ejemplo. ¡Verdaderamente Cuenca es tierra de santos y sabios!
En estas fiestas jubilares pidamos perdón con sinceridad, por no haber correspondido en todo momento a la gracia de Dios; porque, dejándonos llevar del egoísmo, no hemos descubierto la presencia real de Jesús en los pobres y necesitados. Perdón porque, confundidos en criterios humanos, dejamos de predicar a Jesucristo para predicarnos a nosotros mismos, poniendo por encima de la verdad del Evangelio ideologías que desfiguran la enseñanza de la Iglesia y escandalizan al pueblo.
Perdón por los abusos de diversa índole que hieren a la Iglesia y causan un daño profundo en las personas, sobre todo en los más pequeños y vulnerables.


















































