La Iglesia, familia acogedora, llamada a reflejar el rostro misericordioso de Dios, se ha preocupado siempre de la salud integral de sus hijos, por eso nos invita a trabajar en la prevención, sanación y acompañamiento de los hermanos que padecen enfermedades: la vida y la salud son dones de Dios que debemos cuidar. En la historia de la Iglesia el Espíritu Santo ha suscitado en innumerables santos el carisma de la atención física y espiritual a los hermanos que sufren diversas dolencias. Hoy, muchas obras de pastoral social están destinadas a la atención de los enfermos y sus familiares.
Ante la propagación del coronavirus, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana nos ha dado algunas recomendaciones para tener en cuenta en las celebraciones litúrgicas y encuentros pastorales. Se pide, ante todo, seguir atentamente las indicaciones de las autoridades de salud y los expertos en la materia para prevenir la propagación de la enfermedad. Se recomienda tomar las siguientes medidas dentro de las celebraciones:
1. Distribución del sacramento de la Eucaristía, si ven pertinente, en la mano.
2. Cambiar el agua bendita con frecuencia.
3. Instalar medidas higiénicas en los confesionarios; y,
4. Evitar dar la mano durante el rezo del Padrenuestro o el intercambio de la paz.
5. Coordinar, al final de las celebraciones, junto con los centros de salud la difusión de medidas preventivas y acciones encaminadas a la protección y bienestar de todos.
La prevención de enfermedades debe comenzar con la limpieza en el hogar, la higiene personal, el ejercicio, la comida sana, la vacunación, la bebida saludable y el cuidado de la casa común. Si observamos estas medidas, ayudarán a evitar problemas, dolores, gastos y preocupaciones; optemos por la prevención.
Debemos mirar la realidad actual con ojos de fe, confiando en Dios, como lo ha hecho estos días un sacerdote italiano que, ante la propagación del coronavirus en su parroquia, escribía así a sus fieles:
“Queridos hermanos y hermanas, ninguno de nosotros hubiera pensado llegar a la situación en la que nos encontramos. Nuestra alma está aturdida, la urgencia parecía muy lejana. Pero está aquí, con nosotros. Incluso este hecho nos lleva a considerar cuánto en el mundo somos ahora una gran familia. Ahora debemos seguir las indicaciones de las autoridades. Es fácil, en esta situación, abandonarse espiritualmente, volverse apático hacia la oración, considerada inútil.
Más bien, los invito, queridos hermanos y hermanas, a intensificar la oración, que siempre abre situaciones a Dios. Nos damos cuenta, en coyunturas como la del presente, de nuestra impotencia, entonces lloremos a Dios nuestra sorpresa, nuestro sufrimiento, nuestro miedo”.
Nuestra actitud, como buenos cristianos, es clave para fortalecer a los enfermos y a las familias que sufren. Pidamos por los enfermos, para que pronto puedan recuperar la salud. Oramos por las personas encargadas de estudiar la naturaleza y las causas de este virus y cómo se propaga esta infección. Que el Señor guíe a los médicos para que puedan ayudar a los pacientes con competencia y compasión.


















































