En las misas del tiempo pascual leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos cuenta cómo vivían los primeros cristianos. En las casas los padres transmitían la fe a sus hijos, así la familia se convirtió en el espacio adecuado para consolidar la fe y las costumbres cristianas. En el hogar se aprendía a orar, a dar gracias, a bendecir la mesa, a confiar en Dios en todo momento. La familia cumplía una función educadora y formadora de nuevos cristianos.
Muchas costumbres humanas y cristianas pueden vivirse en el seno familiar hoy: la obediencia, el respeto, el trabajo, la fidelidad, la solidaridad y la auténtica caridad. También en casa se aprende a rezar el Rosario, a agradecer al Señor por los alimentos, a escuchar con atención la Palabra de Dios y, si los padres son los primeros catequistas, también los hijos se preparan para recibir los sacramentos.
Podemos decir entonces que la familia es la “iglesia doméstica”, porque en la familia estamos llamados a adorar a Dios, tratándolo con naturalidad en la oración, porque sabemos que está presente en nuestra vida y en las actividades que realizamos.
Pero ¿cómo se hace la oración familiar? Hay que rezar con humildad, delante de Dios. En la familia cada uno con sencillez se deja ver del Señor y le pide su bondad. Hay familias que dicen no encontrar el momento oportuno para hacerlo, porque solo hay tiempo para la diversión, reina el individualismo, hay poco diálogo, les falta tranquilidad y espacio. Es verdad que hoy estamos ocupados en tantas cosas, pero, con humildad, debemos reconocer que tenemos necesidad de Dios. Todas las familias tenemos necesidad de Él. Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia y su perdón.
El Papa Francisco les decía a los esposos que “para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el Padrenuestro, alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración” (Jubileo de las familias).
La familia está llamada a conservar la fe recibida. Esto significa que debemos vivirla a plenitud y compartirla con el testimonio, la acogida, la apertura hacia los demás. Toda familia debe llegar a ser escuela de misericordia y de misión. Así, con total apertura y generosidad, se convertirá también en cuna de vocaciones sacerdotales y religiosas.
Las familias católicas son alegres. La verdadera alegría que se disfruta en familia no es algo superficial, no viene de la acumulación de bienes materiales, de las situaciones favorables; la verdadera alegría viene de la unión profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida. La unidad nos lleva a la solidaridad, a buscar el bien del otro.
En este sentimiento de alegría profunda está la presencia de Dios, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos.
SUMARIO 1:
La familia debe ser escuela de misericordia y de misión. Así se convertirá también en cuna de vocaciones sacerdotales y religiosas.
SUMARIO 2:
Rezar el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos.


















































