“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc. 1,42). La Virgen María, por ser bendita entre las mujeres, se convierte en fuente de bendición para todos. Es el gran ejemplo de quien medita en su corazón el misterio de Cristo, Dios con nosotros.
En Navidad hemos celebrado el nacimiento del Niño Jesús, al comenzar el año civil nos alegramos con la Madre del Señor. La piedad cristiana ha representado en miles de pinturas, imágenes y piezas artísticas el misterio de la maternidad Divina de María. Casi en ninguna iglesia falta una imagen o cuadro de la Virgen con el Niño en brazos, ella lo presenta al mundo y lo pone en nuestras manos como único Salvador. Una de las primeras oraciones que hemos aprendido en casa es el Ave María, y en la segunda parte decimos, llenos de confianza: “San María, Madre de Dios, ruega por nosotros….”. Esto quiere decir que la fiesta de la Maternidad Divina, celebrada el 1 de enero, es muy cercana a nosotros y se convierte en el hecho central que ilumina toda la vida de la Virgen María. Todos los privilegios marianos tienen su origen en el misterio de su maternidad: llena de gracia, Inmaculada, Virgen, Madre nuestra, Asunta al cielo. Todo se entiende en María a la luz de esta gran verdad.
Dios se ha construido la morada más bella en la tierra. “El vientre de María es el primer sagrario” (San Juan Pablo II). Ella es la obra maestra del amor divino. Dios la creó para una gran misión, única: Él quiere nacer de ella. “La mirada de Dios no se dirige hacia los grandes de este mundo, los monarcas que la tierra adora. La primera y más dulce mirada de Dios sobre la tierra es para esta humilde joven que el mundo no conocía” (Cardenal Berullé).
La misión de María no ha terminado aún, permanece hoy, en todo hombre y mujer mira la imagen de su Hijo. Ella está presente en todos los misterios de nuestra vida, marcada también por el gozo, los dolores, la luz y la pascua. Por eso la Iglesia, al celebrar una fiesta mariana el primer día del año nos recuerda que en el camino de nuestra vida no estamos solos. Ella está a nuestro lado, especialmente en los momentos de crisis y desolación. Cuando el dolor, la enfermedad y la muerte se hicieron presentes en los meses más duros de la pandemia, nuestra Madre no nos abandonó, en diversas diócesis se hicieron recorridos con imágenes de la Virgen, como gestos y signos de su protección maternal. Millones de hogares volvieron a rezar el Rosario, el Ángelus y otras plegarias marianas. María fue, y sigue siendo, nuestro amparo y protección. Nos sentimos como los niños que, cuando caminan de la mano de su madre, no tienen miedo, se sienten seguros y tranquilos. No tengamos miedo, Cristo es nuestra fortaleza, y junto a Él siempre está su Madre.
Con todo su amor maternal, la Virgen no se aleja de nosotros. Al contrario, al ser ella modelo de la evangelización y de la vida cristiana, nos acerca a Dios. En este tiempo navideño, María nos llena de esperanza porque nos nutre de fuerza, de fe y confianza, virtudes que tanto necesitamos para hacerle frente a las contrariedades de la vida y descubrir la cercanía de Dios.
En este nuevo año, debemos acoger a María en nuestra vida como lo hicieron José y todos los santos, solo así desaparecen las tinieblas, el temor y llega la verdadera paz al corazón.


















































