En la Sagrada Familia, junto a María y Jesús, encontramos a San José, el hombre trabajador, humilde y lleno de fe. “El cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo” (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
San José ejerció su misión con discreción, con humildad, en silencio, con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén aproximadamente a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida, que estamos seguros fueron numerosos y únicos, como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús (cf. Papa Francisco, homilía 12 marzo 2013).
La misión de San José nos recuerda que en nuestra vida estamos llamados a ser fieles al Señor. De aquí depende nuestra felicidad y la de quienes nos rodean. Nada desvió a San José del camino que Dios le había señalado, poniéndolo al frente de su familia, por eso dedicó su vida al servicio de María y Jesús. El Señor le confió su familia y José no lo defraudó, se mantuvo firme en todo momento, en las dificultades no abandonó el hogar. Es la misma fidelidad a los compromisos adquiridos que Dios espera de nosotros, contando siempre con su gracia y protección.
“José acogió a María sin poner condiciones previas. Confió en las palabras del ángel. ‘La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun sin tener toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda sobre cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio’” (Patris Corde N° 4)
Como María y José, también nosotros estamos llamados a responder a la llamada de Dios con plena confianza, prontitud y alegría, cualidades que deberían caracterizar a todo bautizado. Ellos nos recuerdan que el centro de la vida cristiana y de la convivencia familiar es Jesús.
Que la fiesta de San José sea un estímulo para fortalecer la fe en nuestras familias, que ahora más que nunca, deben permanecer unidas en fe y en oración. Para que los padres, a ejemplo de María y José, custodien la pureza de sus hijos y los defiendan con todo el corazón. Que acompañados por nuestras palabras y ejemplos de vida cristiana crezcan, como el Niño Jesús, en estatura, sabiduría y gracia.


















































