La conciencia de la gravedad de la crisis social, cultural y ecológica que hoy nos golpea necesita traducirse en nuevos hábitos. El progreso actual no puede llenar el corazón del hombre y colmarlo de alegría. Para que los jóvenes tengan una profunda sensibilidad ante los problemas actuales tenemos que educarlos en valores, virtudes y motivarlos con nuestro buen ejemplo.
La verdadera educación nos lleva a fortalecer una buena relación con Dios, a respetar y cuidar la casa común, con responsabilidad, y a tener una relación solidaria con los demás. Solo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. Cuidamos el medio ambiente al evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad de hijos de Dios, que cuidan y comparten lo que han recibido del Creador (Cf. Laudato si, 211).
Cuando hablamos de creación, estamos reconociendo que existe un Creador, no un arquitecto u organizador del universo. Afirmamos el origen divino de cuanto existe en la naturaleza. Al ser humano le corresponde cuidarla porque de ella vive y se sustenta. En este sentido, la educación tiene que vincularse necesariamente al problema ecológico, ya que se requiere de una pedagogía y sabiduría para saber cuidar, y de contenidos para conocer su valor considerable para la vida de los seres humanos, del presente y del futuro.
Dios ha hecho las cosas bien, el mundo es hermoso, pero el ser humano ha ido destruyendo la creación. Dios confió a sus hijos la misión de cuidar, preservar y restaurar la obra creadora. Solo somos administradores, no dueños. Nos corresponde, pues, administrar responsablemente lo que hemos recibido.
El verdadero desarrollo humano, que no es el uso de la tecnología para destruir a los demás, nos compromete al cuidado de la casa común. Esto nos exige usar bien los recursos naturales, escuchar el clamor de la tierra y de los pobres. El medio ambiente es patrimonio de toda la humanidad, es responsabilidad de todos cuidarlo y protegerlo.
Una buena educación implica una conversión ecológica. Los ámbitos educativos son diversos: la escuela, el hogar, los medios de comunicación, la catequesis, etc. Una buena educación escolar en la temprana edad coloca semillas que pueden producir efectos a lo largo de toda una vida. En este proceso debemos destacar la importancia central de la familia, porque es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados (Cf. Laudato si, 213).


















































