El Papa León XIV se encuentra al frente de la Iglesia Católica desde el 8 de mayo del presente año, como el Obispo de Roma y Sucesor del apóstol Pedro, a quien el mismo Jesús le dijo: “Tú eres Pedro (o sea Piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”. (Mt. 16, 18-19).
Desde sus primeros mensajes, desde el inicio mismo de su pontificado, el Papa León XIV ha señalado algunos criterios fundamentales para nuestra vida cristiana, que debemos vivirlos para ser verdaderos discípulos misioneros:
Todos los pueblos de la tierra formamos una gran familia que comparte las alegrías y los dolores de la vida junto con los valores humanos y espirituales que la animan. En esta comunidad la Iglesia ejerce su misión evangelizadora, manifestando su catolicidad en el servicio a la humanidad. Una Iglesia de brazos abiertos, siempre atenta al clamor de los pobres, los necesitados y los marginados, como también a los desafíos que caracterizan nuestro tiempo, desde la protección de la creación, la defensa de la vida desde la concepción y el cuidado de las familias.
Todos debemos trabajar por la paz, que no es mera ausencia de guerra o de conflicto. No es una simple tregua, una pausa de descanso entre una discordia y otra, porque, aunque uno se esfuerce, las tensiones están siempre presentes. La paz es ante todo un don, el primer don de Cristo: «Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la da el mundo» (Jn 14,27). Pero es un don activo, apasionante, que nos afecta y compromete a cada uno de nosotros. La paz se construye en el corazón y a partir del corazón, arrancando el orgullo y las reivindicaciones, y midiendo el lenguaje, porque también se puede herir y matar con las palabras, no sólo con las armas.
Procurar la paz exige practicar la justicia. En el cambio de época que estamos viviendo, la Iglesia no puede eximirse de hacer sentir su propia voz ante los numerosos desequilibrios y las injusticias que conducen, entre otras cosas, a condiciones indignas de trabajo y a sociedades cada vez más fragmentadas y conflictivas. Para construir una sociedad justa debemos apostar por la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, y en el cuidado de sus miembros más frágiles e indefensos: el niño, el anciano, el enfermo, los migrantes y otras personas que necesitan nuestra atención y solidaridad.
No se pueden construir relaciones verdaderamente pacíficas, incluso dentro de la comunidad internacional, sin verdad. Solo la verdad nos hará libres y felices. Sigamos trabajando desde todos los ámbitos por construir una paz verdadera, basada en los valores del Evangelio.


















































