En la 157 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (06-2025), realizamos un análisis de la realidad de la Iglesia y la sociedad en nuestro país. El mensaje final de la asamblea recoge algunos de los puntos tratados y nos invita, sobre todo, a “volver al Evangelio, a la persona de Jesús, a hacer nuestros sus valores y actitudes”. En nuestra sociedad, afectada por un sinnúmero de problemas sociales y ecológicos, la profunda fe en Dios arraigada en nuestro pueblo es fuente de transformación y esperanza”. Somos el pueblo del Corazón de Jesús, él nos llamó a ser sus amigos (Jn 15,15), hombres y mujeres capaces de amar, escuchar, orar, trabajar honestamente y servir juntos, capaces de perdonar y pedir perdón.
No podemos ser indiferentes al problema de la violencia y la inseguridad. Este mal nos afecta a todos, a las familias que pierden, a sus seres queridos y los bienes que con tanto esfuerzo han obtenido; golpea a los jóvenes, que ante propuestas fáciles sucumben en una sociedad que los devora. “La violencia en las calles de Ecuador no hiere y mata a simples desconocidos; los heridos o asesinados al borde del camino son nuestros hermanos”. No podemos acostumbrarnos a las cifras y estadísticas. ¡Es necesario conmovernos y movilizarnos!
Jesús, Buen Pastor, no descansa hasta encontrar la oveja perdida. Siguiendo su ejemplo, no desmayemos en nuestro trabajo solidario. Amar a Cristo significa amar a su pueblo. Con espíritu misionero salgamos a buscar las ovejas del Señor, a los heridos por tantas injusticias y humillaciones, no nos contentemos solo con los pocos que están a nuestro lado y nos siguen. En estos tiempos, donde crecen la soledad, la polarización y el abandono, la Iglesia sigue anunciando a Jesucristo como único Señor y Salvador. En su nombre, quiere ser Madre que acoge, consuela y sostiene. Esto lo expresa en gestos concretos de oración agradecida, de acompañamiento empático, de escucha activa y de presencia misericordiosa en todos los rincones de nuestro país; y lo hace con la creatividad y el entusiasmo de sabernos y sentirnos amados y salvados por Jesucristo.
Necesitamos redescubrir nuestros valores, las características y la identidad cristiana del pueblo ecuatoriano. Solo con familias unidas en el verdadero amor, donde se custodie el corazón y la vida de los hijos, se respete la sabiduría de los ancianos, la inocencia de los niños y la dignidad de las personas, derrotaremos la corrupción, la mentira y las iniquidades que nos esclavizan. “Las leyes actuales pueden endurecer en sus penas y castigos; pero, no sanan el corazón del hombre. Para ello, hay que entrar en el corazón herido de Cristo, encontrar en Él nuestro refugio y fortaleza, redescubriendo los valores que transforman el mundo: la coherencia, la paz y la esperanza”.
“Nuestra credibilidad como cristianos depende de la coherencia entre lo que decimos y vivimos, que nos compromete a no separar la fe de la historia, la liturgia del compromiso, la doctrina del servicio, las palabras de las obras. No nos dejemos seducir por ideologías de moda o intereses del momento, pongamos lo mejor de nosotros mismos en la salvaguarda de la vida y la creación”.


















































