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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

LA FIESTA DEL SEPTENARIO EUCARÍSTICO

LA FIESTA DEL SEPTENARIO EUCARÍSTICO

Es una tradición en nuestros pueblos y ciudades llevar por las calles procesionalmente al Santísimo Sacramento, especialmente en la fiesta del Corpus Christi y en el famoso Septenario Eucarístico. Ante esta manifestación pública de fe, muchos nos preguntarán: ¿Qué ocurre? ¿Quién pasa? Tenemos que contestar: El que pasa es Jesús de Nazaret. El mismo que nació de María en Belén, que pasó haciendo el bien y curó a los enfermos, perdonó a los pecadores y murió en la cruz para salvarnos. El que resucitó de entre los muertos es el mismo que hoy recorre las calles recibiendo la manifestación de nuestro amor en medio de cánticos, música, danza, flores, incienso y perfumes. Ante su cercanía no podemos dejar de proclamar nuestra fe, reconociendo que Él es nuestro Salvador, el único que puede perdonarnos.
La fiesta del Septenario es tan grande que desbordan los templos e invade las calles de nuestra ciudad y contagia a todos de alegría con la presencia real de Cristo, que en silencio acompaña al pueblo peregrino. Por eso cantamos con tanto fervor al Dios de amores, al que le pedimos que mire y bendiga al pueblo de su corazón.
Nuestras procesiones eucarísticas en el Septenario son testimonio público de fe. El Señor toma posesión de nuestras calles, de las familias y del corazón de los humildes. La Hostia santa, tan pequeñita y de poquísimo valor monetario, se convierte en el gran tesoro de la Iglesia, expuesto en magnificas custodias. Ante los cristianos que se agolpan a su alrededor para verlo, el Señor sale al paso, se hace el encontradizo con aquellos que lo buscan, como se apareció a las mujeres piadosas en la resurrección o a los discípulos de Emaús. La sorpresa es la misma, la dicha no tiene comparación. Solo nos queda decir, en profunda adoración, con el apóstol Tomás: Señor mío y Dios mío. Creo firmemente que estás aquí. Que me ves. Que me oyes. Te alabo con profunda reverencia.
El Señor está realmente presente, camina con su pueblo. Pero su presencia no es cosa de un momento, no es ruido pasajero. Su presencia eucarística nos recuerda que debemos descubrirlo también en la vida ordinaria. Silencioso y humilde nos acompaña en la jornada familiar, en el trabajo, en la escuela y en el campo. Si tenemos fe lo encontraremos entre los hombres y mujeres de nuestro diario caminar, en los que sufren y esperan el afecto fraterno, la mano de un amigo y el abrazo de la paz.
Durante la fiesta del Septenario Eucarístico vivamos una verdadera experiencia con Jesús resucitado. Participemos todos en familia. Los padres y abuelitos tienen la misión de contagiar a los niños y jóvenes de la auténtica fe, no de una devoción estéril y pasajera, que se queda solo en costumbres y ritos sin compromiso.
Ante Jesús sacramentado, contemplemos a las familias de hoy. Iluminados por la Palabra de Dios veamos la vida cotidiana del hogar para alcanzar el gran sueño que Dios tiene para cada familia, incluso allí donde la fragilidad y las debilidades humanas parecen fragmentarlo. Todo esto hace que la familia en el mundo sea la verdadera generadora de una nueva cultura, que no puede dejar de ser una cultura de la vida, de la esperanza y de la alegría (Cf. Catequesis para el Encuentro Mundial de las Familias 2018).

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