Una jaculatoria muy conocida por nosotros y que frecuentemente repetimos, dice: “Jesús, en ti confío”. Expresamos así nuestra plena confianza en el amor de Dios. Ante tantas manifestaciones del mal, como la injusticia, la violencia, la humillación y el engaño, es necesario invocar la misericordia de Dios para que nos llene de esperanza, pues solo Él puede librarnos del temor y la incertidumbre.
Debemos vivir y proclamar este mensaje de esperanza en nuestros templos, especialmente en el templo familiar: la Iglesia doméstica, pues, desde la familia, tiene que difundirse por el mundo el fuego de la misericordia. “En la misericordia de Dios, el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad” (San Juan Pablo II).
La familia es la primera escuela de la misericordia; en ella aprendemos a descubrir el rostro paterno de Dios. Hoy la familia debe afrontar numerosos enemigos como el relativismo, el rechazo a la vida, la cultura del descarte, la destrucción del matrimonio. Son los niños, jóvenes y ancianos los más frágiles, los que sufren desorientación, escándalo y abandono.
Entonces surge una pregunta: ¿Cómo actuar ante estas situaciones? Debemos responder con la fraternidad vivida en familia, la solidaridad entre hermanos, el perdón de corazón y el rechazo a los resentimientos, fomentando la cultura del diálogo y el respeto. Este es el mejor antídoto al egoísmo tan difundido en nuestra sociedad.
La misericordia en la familia no es solo una devoción, una imagen o un recuerdo, es la disposición a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas. Se manifiesta en la amabilidad, la asistencia al necesitado, especialmente en el perdón y la reconciliación. Es más que un sentimiento de simpatía, es una práctica.
Debemos vivirla llevando a la práctica las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Al tenerlas presentes, podemos y debemos ponernos manos a la obra para pensar en acciones concretas que nos ayuden a practicarlas desde el seno de la familia.
“En la familia debemos experimentar la alegría del perdón. El perdón es la esencia del amor, que sabe comprender el error. En el seno de la familia es donde se educa al perdón, porque se tiene la certeza de ser comprendidos y apoyados, no obstante, los errores que se puedan cometer” (Papa Francisco).
En nuestra pastoral familiar, si queremos ayudar realmente a las familias, debemos partir de la situación concreta de nuestros hogares. Todas las familias necesitan de misericordia, pues pasan por necesidades materiales y espirituales. Es nuestra misión acompañar a los más frágiles, a los carentes de amor y devolverles la esperanza. La cercanía y afecto deben ser el medio para que se acerquen a Dios y lo invoquen con plena confianza. Solo cuando descubran la soberanía del Dios de amor, de la fidelidad y la misericordia, valorarán la convivencia diaria y reconocerán que la familia es un don, un regalo del cielo y el espacio para crecer en la verdadera amistad.


















































