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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

El sacerdocio es Don de Dios gratuito y amoroso inmerecido.

El sacerdocio es Don de Dios gratuito y amoroso inmerecido.

El 15 de agosto, fiesta de la Virgen de los Dolores, realizamos la inauguración del nuevo año académico en el Seminario Mayor San León Magno, que acogerá a veinte seminaristas de nuestra arquidiócesis, cinco de la diócesis de Azogues y otros cinco de comunidades religiosas presentes en Cuenca.
Después de la Eucaristía, pasamos a la reflexión sobre un tema formativo que ilumine el camino a recorrer. Escogimos profundizar en la persona y el testimonio vocacional de San Juan Pablo II. Las palabras con que inició su pontificado: No tengan miedo, abran de par en par las puertas a Cristo, son una elocuente llamada del Maestro divino y siguen resonando en nuestros corazones.
Qué nos dicen los escritos de San Juan Pablo II sobre la vocación sacerdotal y la misión del pastor. Don y misterio, es el título de su autobiografía. Según algunos comentaristas, estas son dos palabras que describen muy bien el sacerdocio. No es profesión, ni cargo, ni título que nos pone por encima de los demás. El sacerdocio es Don de Dios, gratuito y amoroso, inmerecido. Misterio de redención, misterio de fe, de amor y de esperanza. El sacerdote no es un funcionario.
Don y misterio: con estas dos palabras ha definido Juan Pablo II su sacerdocio. En ellas está la esencia de nuestra identidad, de nuestro ministerio. El sacerdocio es un don por su origen divino, y es un misterio por su clara naturaleza sobrenatural y trascendente.
El sacerdote es un don para los hombres. No vive para sí, vive para los demás. Cada sacerdote es un regalo de Dios a su Iglesia y al mismo tiempo es una ofrenda de la Iglesia al Dios del amor. El sacerdote es un misterio para sí mismo y para los hombres, un misterio donde se juntan pecado y santidad, grandeza y pequeñez, humana flaqueza y divina misericordia.
En su relato autobiográfico el Papa describe su trayectoria espiritual, una vida marcada por el amor y el dolor, por la oración y la entrega. Una historia en la que religiosos, sacerdotes y laicos, sobre todo su familia, tienen un papel importante en la orientación de su vida espiritual. Historia en la que el sacerdocio del Papa aparece ligado a la comunidad, como otro Cristo en medio de ellos.
Al hablar de los signos de su vocación, dice que durante los años de sus estudios secundarios, la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a pesar de que a su alrededor eran muchos los que creían que debía entrar en el seminario por sus claras inclinaciones religiosas. Llegaron a pensar que, tal vez, otros amores estaban en juego. Pero, según lo dice el joven Karol: En la escuela tenía muchas compañeras, pero, en aquel tiempo me fascinaban la literatura, la dramática y el teatro. Tenía el deseo de ser actor, pero Dios lo quería pastor.
Toma la decisión de entrar en el seminario en 1942, tiempo difícil para Polonia, pues estaban en plena Segunda Guerra Mundial. Estudió en un seminario clandestino en casa del Arzobispo, en medio de privaciones, con muchos sacrificios y serio peligro de perder la vida. Bajo la sombra paternal de su prelado y con la orientación de buenos formadores se fortaleció su vocación y se preparó para recibir el don del sacerdocio. Nunca olvidará esta experiencia formativa. Cuando un joven tiene sinceros deseos de servir al Señor, jamás huye del sacrificio, no le asusta el ambiente de pobreza y aprende a descubrir la voz de Cristo en la persona de sus maestros y formadores, a los que siempre guardará respeto y gratitud.

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