El lunes de Pascua de Resurrección el Papa Francisco ha pasado de este mundo a la Casa del Padre, después de haber cumplido todo lo que el Señor le encomendó. Lo llamó a la vida sacerdotal, lo hizo jesuita, obispo, cardenal y Pastor de la Iglesia Universal. Siempre consideró estas designaciones como una oportunidad para servir al pueblo de Dios. Así lo vivió y lo enseñó durante sus doce años de pontificado.
El legado del Papa Francisco es abundante: publicó cuatro encíclicas durante su pontificado: Lumen Fidei, Laudato Si’, Fratelli Tutti y Dilexit nos. En ellas nos habló sobre la importancia de la fe para la vida de los creyentes, el cuidado de la casa común, la fraternidad universal y la necesidad de construir una sociedad más justa y pacífica, el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo.
Su relación con nuestro país fue muy cercana y fraterna. En muchas ocasiones habló de la estampa de la Dolorosa del Colegio que llevaba en su breviario y de sus viajes a Guayaquil siendo superior de los jesuitas de Argentina. En el Santuario de El Quinche le dejó una nota a la Virgen, en la que le decía: “Madre, Virgen del Quinche, mira al pueblo ecuatoriano, son tus hijos, Madre”. Cada vez que los obispos ecuatorianos íbamos a Roma, aceptaba con gusto los pequeños obsequios y se interesaba por la situación del Ecuador. En su visita a nuestro país, en el año 2015, le sorprendió mucho la piedad del pueblo y dijo que este rasgo distintivo lo tenía por ser la primera nación consagrada al Corazón de Jesús.
No visitó Cuenca, pero siempre nos llevaba en su corazón de padre. Cuando me designó arzobispo de esta sede, en la ceremonia de entrega del palio arzobispal en Roma, me dijo: “¿Cómo te sientes al pasar de calor de Los Ríos al frío de Cuenca?”. Le respondí: “Me siento muy bien Santidad, solo que ahora tengo que usar poncho”. El Papa sonrió y me dio un fuerte abrazo, propio de un padre, cuando encarga una misión a su hijo. Sentí en aquel momento que no estaba solo en esta nueva tarea. Mis fuerzas eran muy limitadas, pero contaba con la bendición y la cercanía de Dios, manifestadas en el afecto de Francisco.
En el año 2017, los obispos ecuatorianos fuimos a Roma para realizar la visita Ad Limina Apostolorum. En Cuenca estábamos preparando la celebración de la Misión Familia, y como signo para recorrer las parroquias de la arquidiócesis escogimos una imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. En mi viaje a Roma decidí llevar la imagen para que el Santo Padre la bendijera al final de una audiencia general. Cuando se acercó a la imagen la bendijo, y nos dijo a los obispos presentes: “Evangelicen y defiendan la familia”. Sus palabras se convirtieron en una consigna que nos acompañó durante toda la misión, que aún continúa, porque siempre hemos de preocuparnos de la familia, eje transversal de nuestro trabajo pastoral.
Gracias, querido Papa Francisco, por su trabajo incansable a favor de la paz y la reconciliación de los pueblos. Gracias por recordarnos que Dios es Padre misericordioso, dispuesto a darnos siempre el abrazo del perdón. Gracias por invitarnos a caminar juntos, como peregrinos de esperanza, y por enseñarnos a cuidar nuestra casa común.


















































