“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. A los que vivían en tierra de sombras, una luz les brilló. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz” (Is. 9, 1-5).
La Sagrada Escritura describe al Mesías como portador de paz, gracia y salvación eterna para todos. Los discípulos de Jesús son enviados a anunciar la llegada del Reino de Dios a los pobres y afligidos, llevando por todas partes la paz de Cristo. El mismo Señor les dice: “Cuando entren en una casa digan primero: paz a esta casa”. Este es el mensaje que la Iglesia ha predicado y predica siempre y que los santos han anunciado con su testimonio, con palabras valientes y una vida de entrega, servicio y generosidad.
Después de dos mil años de fe cristiana, vemos con dolor que el mundo no vive en paz. Se escucha la palabra paz en tantas canciones, poemas, discursos políticos y sociales pero, lamentablemente, no la encontramos reflejada en la vida de los pueblos ni en las familias. Hay luchas de razas, de clases, luchas ideológicas, terrorismo, secuestros, atentados, motines carcelarios, conflictos, inseguridad y violencia en nuestras calles. ¿Qué nos ocurre a todos? En una sociedad que se llama cristiana parece que hemos olvidado la consigna de Jesús, su vida y sus enseñanzas.
Buscamos la paz donde no podemos encontrarla, la confundimos con la tranquilidad externa o con la imposición de un cierto orden social, por medio del temor a las sanciones o, en muchas ocasiones, al uso inadecuado de la fuerza. La paz no se consigue armando al pueblo ni imponiendo leyes que muchas veces atentan contra los derechos humanos. La auténtica paz viene de Dios, es un bien divino que sobrepasa todo entendimiento y la reciben los hombres y mujeres de buena voluntad, quienes buscan en todo momento hacer lo que quiere Dios.
Serán inútiles nuestros esfuerzos en búsqueda de la paz, si olvidamos que debemos luchar en primer lugar contra nuestras propias pasiones desordenadas, acudiendo al auxilio de Dios, para que Él venza y consigamos la armonía en nuestros corazones, en las familias y en todo el mundo. No olvidemos que, como dice la Palabra de Dios, “del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias” (Mt. 15,19). Dios nunca pierde una batalla, dejemos que Él actúe en nuestras vidas para que la victoria de Cristo resucitado se manifieste en este mundo tan lleno de egoísmo y violencia.
En la próxima Navidad que nos disponemos a celebrar descubramos la presencia real del Niño de Belén que llegará para sembrar en nuestro interior la paz y la unidad que tanta falta nos hacen. Dejemos que el Mesías pase e irradie su luz. No perdamos el tiempo poniéndole límites a Dios. El Niño Jesús no tiene calles exclusivas, Él es el Señor del universo y quiere invadir con su gracia toda nuestra ciudad y cada hogar necesitado de paz y reconciliación.


















































