En la actualidad para muchos cristianos Jesucristo es un personaje del pasado o un Dios lejano, que no se preocupa de nuestras necesidades. Para otras personas, el compromiso con Cristo se reduce a las obras sociales, hacen actividades en favor de los demás pero descuidan su vida espiritual, cayendo en el activismo. El tiempo de Cuaresma que estamos viviendo nos invita a descubrir que Jesús es un personaje actual y presente en la comunidad de creyentes. En el Evangelio encontramos este pasaje: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28,20), y estas son palabras que se cumplen porque Dios no miente, su presencia es real, no es producto de nuestra imaginación. Los cristianos no seguimos unas bellas ideas sino a una persona real, que nos propone un estilo diferente a los criterios que nos presenta el mundo.
De muchas maneras el Señor está presente en la Iglesia, camina con su pueblo como lo hizo en medio del pueblo elegido, Israel. Está presente en su Palabra, que se proclama solemnemente en las celebraciones litúrgicas o leemos en casa como fuente de nuestra oración, la llamada “lectio divina”; Jesús también está presente en cada hermano y en la comunidad que con frecuencia se congrega en su nombre para hacer oración. Está realmente presente en los sacramentos y de manera especial en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe. Cuando el sacerdote dice “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, está afirmando la presencia real y verdadera de Jesucristo en la Eucaristía, y nos invita a recibirlo con sentimientos de devoción y adoración. Pero para ello debemos estar preparados, manteniéndonos en la gracia de Dios.
Reconociendo la cercanía del Buen Pastor, su presencia real dentro y fuera de la celebración eucarística, nuestro pueblo cristiano y católico lo ha considerado amigo y confidente, “Dios con nosotros”, guía del pueblo peregrino; así lo demuestra en las diversas expresiones de fe, en los momentos de adoración al Santísimo Sacramento, en las procesiones eucarísticas y, especialmente, en el Jubileo Eucarístico de las Cuarenta Horas, verdadera fiesta patronal en cada parroquia y comunidad. La experiencia del santo jubileo es una de las más bellas manifestaciones de la profunda fe de nuestro pueblo: cantos, plegarias, vigilias; se respira un ambiente festivo, todo se llena de alegría porque el Señor está con nosotros, nos congrega y nos invita a vivir la fraternidad propia de los hijos de Dios. El Jubileo de las 40 Horas es la manifestación pública de nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, es la adoración del pueblo a Dios y testimonio de su amor.
Que sepamos aprovechar todas las oportunidades que tengamos y dedicarle, no solo unos minutos, sino todo el tiempo que podamos, a la adoración eucarística, para -desde el silencio de nuestro corazón- pedirle al Señor las gracias que necesitamos para cumplir de la mejor manera nuestra misión. Que oremos por nuestros hermanos y sobre todo por la paz del mundo entero.


















































