En la Comisión de Pastoral Social-Cáritas hemos pensado proponer, para la reflexionar en nuestras comunidades durante los años 2022-2024, las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un tiempo propicio para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta las obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. Descubramos la presencia viva del Señor en los hermanos necesitados y no olvidemos que, en el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados sobre nuestro amor (Cf. Bula Misericordiae Vultus, 15).
“Dichosos los misericordiosos porque encontrarán misericordia” (Mt.5,7). La persona misericordiosa recibe como recompensa esta misma virtud. Hablando de las obras de misericordia, decía un sacerdote: “Siento que, dando, mi vida se enriquece; siento que mejora mi salud si me dedico a los enfermos; siento que cubro mi desnudez si visto al desnudo. Nuestras acciones tienen siempre un efecto sobre nosotros mismos: las obras de misericordia nos benefician también a nosotros. Pero no las hacemos para beneficiarnos a nosotros. Las hacemos porque dejamos que nuestro corazón sea tocado por los pobres, los hambrientos, los que no tienen hogar, los enfermos y los encarcelados” (A. grün, Las obras de misericordia, 2015). Al acercarnos al hermano necesitado, experimentamos la cercanía de Jesús que nos envuelve con su misericordia.
La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre, impulsándolo a amar al prójimo con obras concretas y no con promesas que luego se olvidan. Nuestra fe se traduce en gestos concretos en la vida cotidiana, sobre los que seremos juzgados. Si reflexionamos sobre las obras de misericordia, despertaremos nuestra conciencia, adormecida ante el drama de la pobreza, para entrar en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina (Cf. Bula Misericordiae Vultus, 15).
No es necesario tener muchos bienes para hacer una obra buena y compartir con los más pobres. Dios no es amigo de cantidades, sino de calidades, quiere corazones y voluntades. El amor no se mide desde la cantidad de dinero que damos, a veces para quedar bien ante los demás y obtener reconocimientos, sino desde la calidad interior, como lo hizo la viuda, a la que Jesús alabó porque dio mucho más que otros. Lo importante es la donación de sí mismo, confiando solamente en Dios que nunca nos desampara y no se deja ganar en generosidad. Cuando practicamos las obras de misericordia, repetimos y prolongamos la acción de Cristo que nos salva con la entrega de su propia vida. Es poner en práctica su mandato: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19).


















































