El tiempo de Adviento nos prepara para la Navidad, y nos invita a levantar la mirada y abrir nuestros corazones, porque se acerca Jesucristo, nuestro liberador (Cf. Lc. 21,25-28).
Pero no podemos olvidar que el Adviento no solo es preparación para celebrar como cristianos la primera venida del Señor en la humildad de nuestra carne, como el hijo de María y José, que nace en Belén de Judá. Es también preparación para su última venida, tal como lo profesamos en el Credo: “Vendrá para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Sin olvidar que el Señor también viene a nuestro encuentro todos los días, a cada instante y en cada acontecimiento.
Las palabras que encontramos en el Evangelio, que nos invitan a llenarnos de esperanza porque se acerca nuestra liberación, resumen de manera acertada la característica principal de estas semanas de preparación. Nuestra esperanza es Jesús.
En el tiempo actual y siempre, todos queremos poner nuestra confianza en alguien que no defraude. No podemos vivir sin esperanza. Muchos seudo mesías liberadores han querido ocupar el lugar de Dios. Revolucionarios de apariencia, jueces implacables con la pretensión de juzgar al hombre sin ver las miserias de su propio corazón. Salvadores de ocasión, explotadores encubiertos, interesados y oportunistas sin escrúpulos. Ningún líder social, político o religioso, por muy fuerte e inteligente que sea, puede suplantar a Dios. Todos son “ídolos de barro”.
Después de escuchar tantas propuestas e ideologías que se ponen de moda, terminamos frustrados y nos invade el escepticismo. ¿Dónde está entonces la salvación del hombre? ¿Será que nuestra sociedad no tiene remedio? ¿Tendrá cura nuestra humanidad caracterizada por la destrucción del más débil y el odio entre hermanos? Como cristianos, debemos ofrecer una respuesta de esperanza, que no se base en una teoría más. La única esperanza que no defrauda es Jesucristo.
Pero nuestro Salvador no viene con el esplendor de los reyes de la tierra, no nos libera con un ejército de violentos, ni se presenta como los héroes de ficción. Le acompañan una joven virgen y un carpintero, que no posee grados académicos, pero si un corazón limpio y habilidad en sus manos de artesano. Así es como Dios nos libera: en la pequeñez, en la inocencia, valiéndose de los pobres.
Estamos próximos a concluir el tiempo de Adviento, es decir, de preparación para la Navidad. Entonces, es necesario que coloquemos a Jesús en el centro de nuestra vida, confiando plenamente en Él, dando testimonio de misericordia, uniéndonos sinceramente con nuestros amigos y familiares, aprovechando los momentos de oración, sobre todo con el rezo la novena navideña en nuestros hogares, barrios y comunidades. Sigamos el ejemplo de María y José. Ellos prepararon sus corazones para recibir a Jesús. “Con unos cuantos pañales y un montón de ternura” prepararon el mejor trono al Niño Rey.


















































