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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

María en la vida de Jesús y en nuestra vida

María en la vida de Jesús y en nuestra vida

En mayo, la Iglesia nos invita a caminar con María, nuestra Madre, al encuentro de Jesús.
El Nuevo Testamento no habla mucho de la Virgen María, su presencia es discreta pero efectiva, solo es mencionada en los momentos importantes de la vida de Jesús. Toda la vida de María está profundamente unida a la de Cristo.
María es importante en nuestra vida porque es la madre de Jesús, Dios encarnado. El Señor nació de la Virgen y ella, durante su vida en la tierra, siempre estuvo a su lado desde pequeño, durante su ministerio, en la cruz, en la Resurrección y finalmente, en Pentecostés.
Cuando Jesús empezó su vida pública, María estaba ahí, a su lado, intercediendo por una pareja de recién casados (cfr. Jn 2,1-11). Ella llena de gracia, la más atenta y cercana a Dios, es también la más preocupada por los problemas de sus hijos de todos los tiempos.
El amor no conoce divisiones y María, que ama a Dios más que todos los seres humanos, es también la que más ama al prójimo. Con su petición consigue de Jesús el primer milagro. El texto termina diciendo que sus discípulos creyeron en él. María, entonces, tiene parte, como Madre, en el inicio de la fe de los discípulos y sigue enseñándonos que Jesús es el único Camino, Verdad y Vida.
Durante la predicación de Jesús, una mujer exclamó: Feliz la que te dio a luz y te amamantó (Lc 11, 27). Era una alabanza a María como madre de Jesús según la carne. A las palabras de aquella mujer, Jesús responde: Felices más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc 11,28). Con esto Jesús quiere mostrar otras relaciones más importantes que las de la sangre. Son las que nacen de escuchar y practicar la Palabra de Dios. Seremos felices si escuchamos atentamente a Dios y cumplimos su voluntad en nuestra vida, como lo hizo María.
En otro momento, Jesús dirá también: Mi Madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 8, 2). Este comentario podría parecer un desprecio, sin embargo, es la mayor alabanza que Jesús hace a su Madre, porque nadie como María escuchó y practicó la Palabra de Dios. Jesús muestra que su Madre es grande sobre todo por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios.
Porque escuchó y obedeció a la Palabra de Dios, María se convirtió en la Madre de Jesús. Viviendo esta escucha y obediencia a lo largo de toda su vida se convirtió en la primera discípula de su Hijo, su primera seguidora y en la Madre de todos los discípulos de Cristo. Ella es la Madre de la Iglesia. No nos equivocamos, pues, cuando la invocamos como Madre de Dios y Madre nuestra (cfr. Catecismo para adultos, Ed. Paulinas, pags. 290-291).
Durante el mes de mayo, tiempo dedicado especialmente a nuestra Madre del cielo, recemos el Rosario en nuestras comunidades y en las familias para pedir por las necesidades del mundo, especialmente por la paz. Recitando esta oración en casa, en las calles y en las iglesias, confiemos a María nuestras preocupaciones y las necesidades de nuestros hermanos. Precisamente en este tiempo marcado por la violencia y la inseguridad, el Rosario se revela como una plegaria particularmente indicada. “Es una oración que construye la paz, pues siembra en quien reza con fe esa semilla de bien, de la que se pueden esperar los frutos de justicia y de solidaridad en el vida personal y comunitaria” (San Juan Pablo II).

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