En estos últimos días se está hablando mucho en los medios en comunicación y redes sociales sobre la eutanasia. Hasta ahora nos parecía un tema bastante lejano a nuestro medio y cultura. Los ecuatorianos amamos la vida, nuestras leyes hablan de su protección desde la concepción hasta la muerte natural.
La palabra eutanasia significa procurar la muerte sin dolor a quienes sufren. Hoy, más estrictamente, se entiende por eutanasia el llamado homicidio por compasión, es decir, el causar la muerte de otro por cierta piedad ante su sufrimiento o atendiendo a su deseo de morir por las razones que fuere. Su práctica puede aparecer ante la gente como un crimen inhumano o como un acto de misericordiosa solidaridad, según se entienda su significado.
En el debate público se busca manipular las palabras para presentar ante la opinión general la realidad de la eutanasia como algo más inocuo de lo que es, por eso se habla de muerte dulce, muerte digna, y propiciar así su aceptación social; como si no existiera, o fuera secundario, el hecho central de que en la eutanasia un ser humano da muerte a otro, consciente y deliberadamente, por muy presuntamente nobles o altruistas que parezcan las motivaciones, como evitarle dolores físicos o padecimientos insoportables.
Tomada la eutanasia de esta manera, existen algunas personas y grupos partidarios de legalizarla y de darle respetabilidad social, porque interpretan que la vida humana no merece ser vivida más que en determinadas condiciones de plenitud, frente a la convicción mayoritaria que considera, por el contrario, que la vida humana es un bien superior y un derecho inalienable, el primero de todos Cf. Conferencia Episcopal Española, Comité para la defensa de la vida, 1993.
Pero, sobre este tema, ¿qué nos enseña la Iglesia, que nos habla siempre del Dios de la vida, que con su resurrección ha vencido el poder de la muerte? El año 2020, la Congregación para la Doctrina de la Fe, con aprobación del Papa Francisco, publicó la carta Samaritanus Bonus, sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. En este documento se nos dice que quien sufre una enfermedad en fase terminal, así como quien nace con una predicción de supervivencia limitada, tiene derecho a ser acogido, cuidado, rodeado de afecto. La Iglesia enseña que la eutanasia es un crimen contra la vida humana, y que toda cooperación formal o material inmediata a tal acto negativo ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo.
Cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería, psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo incurable. La curación hasta el final, estar con el enfermo, acompañarlo escuchándolo, haciéndolo sentirse amado y querido, es lo que puede evitar la soledad, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que conlleva: elementos que hoy en día se encuentran entre las principales causas de solicitud de eutanasia o de suicidio asistido.
Todo el documento se centra en el sentido del dolor y el sufrimiento a la luz del Evangelio y el sacrificio de Jesús: el dolor es existencialmente soportable sólo donde existe la esperanza y la esperanza que Cristo transmite a la persona que sufre es la de su presencia, de su real cercanía. Los cuidados paliativos no son suficientes si no existe alguien que esté junto al enfermo y le dé testimonio de su valor único e irrepetible.


















































