El Jueves Santo en todas las catedrales del mundo se celebra la Misa Crismal. El obispo y sus presbíteros se congregan para renovar los compromisos sacerdotales y celebrar el banquete eucarístico. Todo el pueblo acompaña al clero y pide por la santificación de los ministros sagrados.
Conmemorando la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado, lo primero que debemos hacer es dar gracias a Jesús, Buen Pastor, porque nunca abandona a su pueblo. También podemos decir a nuestros sacerdotes: “Gracias por su testimonio, gracias por su servicio; gracias por el mucho bien escondido que hacen, gracias por el perdón y el consuelo que dan en nombre de Dios; gracias por su ministerio, que a menudo se realiza en medio de mucho esfuerzo, incomprensiones y poco reconocimiento” (Papa Francisco).
El ministerio sacerdotal no se mide sobre los éxitos pastorales y las numerosas actividades, no se evalúa según el número de seguidores en las redes sociales. El Señor no envió a los Apóstoles a predicar para cosechar aplausos, no les dijo: vayan y tengan éxito. Solo les recordó que tenían que permanecer unidos a Él para dar fruto abundante (Cf. Jn 15). Es la gracia de Dios la que permite salir adelante en el apostolado, soportar los fracasos, alegrarse con sencillez de corazón, empezar de nuevo y tender la mano al necesitado. En la fraternidad el sacerdote encuentra fortaleza para no sentirse solo ante los desafíos del ministerio.
Hoy se habla cada vez más de trabajo en equipo entre sacerdotes y laicos, pero no se trata de una simple ayuda al párroco por devoción o amistad, no es una especie de reemplazo en los compromisos pastorales ante la falta de clérigos. La responsabilidad de los laicos se percibe, más bien, como una gracia que enriquece la misión de la Iglesia, es poner en práctica el sacerdocio bautismal. Cuando se acoge con gratitud la colaboración de los diversos carismas se vive el misterio de la comunión entre los bautizados y se evita el aislamiento del sacerdote. Muchas crisis se superan cuando la parroquia se convierte en la familia del sacerdote y todos le ayudamos con la sana amistad, la cercanía, la oración y la corrección fraterna.
El Jueves Santo, día de nuestros sacerdotes y obispos, pidamos a Dios que los libre de la mundanidad espiritual, de aquella actitud que aleja del Evangelio y hace que le demos primacía a la agenda que nos dicta el mundo. La mundanidad espiritual es peligrosa porque es una forma de vivir que reduce la espiritualidad a apariencia, a hombres revestidos de formas sagradas que en realidad siguen pensando y actuando según las modas del mundo, seducidos por la tentación del poder y de la influencia social, por la vanagloria y narcisismo, por intransigencias doctrinales e ideologías caducas que se ponen por encima de la Palabra de Dios (Cf. Evangelii gaudium, 93).
El sacerdote, pastor y guía de la comunidad, necesita mirar siempre a Jesús, que ha ofrecido su vida por nosotros en la cruz. Él ha aceptado la humillación para volver a levantarnos de nuestras caídas y liberarnos del poder del mal. Así aprendemos que estamos llamados a ofrecernos nosotros mismos y a compartir el camino con quien está cansado y oprimido.
Que el Señor bendiga a nuestra Iglesia de Cuenca con muchas y santas vocaciones sacerdotales, hombres de Dios al servicio de su pueblo.


















































