“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco” (Mc. 6,30-31). Jesús se preocupaba por sus discípulos, no sólo de su cansancio físico, sino también del cansancio interior, puesto que el Señor quiere ponerlos en guardia contra un peligro que está siempre al acecho, también para nosotros: caer en la trampa del activismo. “Corremos el peligro de dejarnos llevar por el frenesí del hacer, caer en la trampa del activismo, en el que lo más importante son los resultados que obtenemos y el sentirnos protagonistas absolutos” (P. Francisco).
En el cumplimiento de nuestro trabajo familiar, profesional, de campo o estudio, al empeñarnos en las tareas buenas, al gastar nuestras energías en el apostolado y el servicio a nuestros hermanos, es natural que aparezca el cansancio. Lejos de quejarnos, hemos de aprender, como los apóstoles, a descansar en el Señor y con su bendición. Junto a Él debemos aprender a recuperar nuestras fuerzas.
Llegaron las vacaciones y estamos invitados a cambiar de actividades, aprovechando bien nuestro tiempo. Descanso significa dejar las ocupaciones cotidianas e ir al encuentro con Dios presente en el mundo que nos rodea. “El período de descanso nos sirva para fortalecer la mente y el cuerpo, sometidos cada día a un continuo cansancio y desgaste, debido al ritmo frenético de la vida moderna. Las vacaciones brindan también la oportunidad para estar más tiempo con los familiares, para reunirse con parientes y amigos, es decir, para fomentar más los contactos humanos, que el ritmo de los compromisos de cada día impide cultivar como sería de desear” (P. Benedicto XVI).
El tiempo de vacaciones es para muchos una magnífica ocasión para largos momentos de oración y contemplación en contacto con la naturaleza o en espacios religiosos. Familias enteras suelen visitar en estos meses santuarios marianos; los devotos de la Virgen de El Cisne acuden en peregrinación para manifestar a Jesús por María su gratitud y confianza. Al disponer de más tiempo libre, nos podemos dedicar con mayor facilidad a hablar con Dios, a meditar en la Sagrada Escritura y a leer algún libro útil y formativo.
En vacaciones no podemos olvidar la participación en la celebración eucarística dominical, así nos sentimos parte viva de la comunidad eclesial, también cuando se está fuera de la propia parroquia. Dondequiera que nos encontremos, siempre necesitamos alimentarnos de la Eucaristía. Jesús en vacaciones no nos abandona, permanece a nuestro lado. El amor no tiene vacaciones.
Muchos no solo aprovechan de la recreación y el descanso, para disfrutar de sus vacaciones, sino que además colaboran como voluntarios en iniciativas solidarias, campamentos, oratorios festivos y otros dedican su tiempo en pequeños trabajos para echar una mano a sus familias o para apoyarse en sus estudios. Lo importante es aprovechar bien el tiempo que Dios nos regala.


















































