La misericordia y la solidaridad están íntimamente unidas. La misericordia toca el corazón y las entrañas de las personas; y la solidaridad les mueve a emprender acciones concretas que respondan a determinadas necesidades.
El ser humano debe ser educado o formado en los valores de la misericordia y la solidaridad, de tal manera que no sólo los entienda sino que sobre todo los experimente.
En esta tarea educativa participan, de una manera especial, la familia, la escuela, los medios de comunicación, las organizaciones sociales y eclesiales y el estado.
La familia es el primer y principal lugar donde se debe transmitir el amor y la solidaridad; ahí los niños experimentan el amor hacia los demás y aprenden a compartir los bienes de casa, particularmente con el más frágil.
En la Escuela, igualmente, los niños, los adolescentes y los jóvenes deben ser formados en la sensibilidad por los grandes problemas morales y sociales; y motivados para encontrar soluciones a los mismos mediante acciones de solidaridad y justicia.
Los medios de comunicación no sólo informan, sino forman la conciencia social de las personas a las que se dirigen. Una comunicación que esté al servicio de la verdad y no de intereses económicos o políticos particulares. Los medios de comunicación tienen el privilegio de evidenciar las necesidades apremiantes de las personas y de motivar a la solidaridad.
Las organizaciones sociales y eclesiales, igualmente, están llamadas a despertar la conciencia de las personas de su misión ante el mundo que les rodea y de su compromiso solidario con el mismo.
El Estado, en todas sus instancias, también debe apoyar y facilitar todas las acciones orientadas a superar las grandes necesidades, principalmente las que tienen que ver con salud, educación, alimento, vivienda, recreación y medio ambiente.
Jesús de Nazaret es el mejor ejemplo de misericordia y solidaridad. Más de una vez, movido por la compasión, no duda en dar de comer a los hambrientos (Mc 6, 34-44), consolar a los tristes, animar a los abatidos, entre otras acciones. En la parábola del buen samaritano (cfr. Lc. 10, 29-37), denuncia el pecado de omisión o la indiferencia de los que pasan de largo e invita a detenerse ante la necesidad de los demás para aliviar su sufrimiento y curar las heridas. La indiferencia nos lleva a buscar pretextos para no ser misericordiosos y solidarios, como el poco tiempo, el exceso de trabajo o los prejuicios raciales o sociales.
Ser misericordiosos y solidarios: ¡He aquí uno de los grandes desafíos de este tiempo, valores que los debemos aprender diariamente!


















































