La piedad popular, purificada en sus motivaciones ajenas al mensaje cristiano y fundamentada en la persona de Cristo, en el culto a la Virgen María y a los santos, es un terreno muy propicio para la evangelización.
Estamos hablando de una verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos. No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental. Es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros; conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar. El pueblo fiel, iluminado por el Espíritu Santo, ha descubierto que el testimonio de su fe, expresada de forma sencilla, comprometida y alegre, es un medio eficaz para anunciar al Dios vivo, al que se hizo hombre y vino a compartir nuestras alegrías y tristezas. “El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador. ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (Evangelii gaudium, 124). Caminando juntos, manifestamos que somos Iglesia misionera, una familia que está siempre en acción, compartiendo con los demás el tesoro de nuestra fe.
Esta fuerza misionera de la piedad popular se vive cada 24 de diciembre, cuando un río de gente llena nuestra ciudad, siguiendo al Hijo de María que pasa bendiciendo al pueblo. Las familias que participan se contagian de su ternura y comparten esta experiencia religiosa con sus hijos. Evangelizan a los suyos con gestos, cánticos y signos externos. Es una excelente catequesis sobre el Evangelio de la encarnación y de la infancia, es la mejor manera de decirles a nuestros hijos que Dios está con nosotros, que camina a nuestro lado, que se hace pobre con los pobres y nos invita a la solidaridad.
“Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal” (Ídem., 122).


















































